“La mejor manera de conocer tu propia naturaleza es observar su reflejo en el espejo de un espíritu afín, con el que sientes una familiaridad instantánea y una sensación de conexión que te permite entender, con la mente más clara y despejada, las singularidades de nuestras vidas».
Curro M. Merino – 15 de abril de 2026
1956 fue un año de frío intenso, de tensiones políticas y cambios bruscos, de incertidumbres, pero también de llegada de nuevas modernidades que asomaban tímidamente. Para nuestro entorno familiar, la alegría llegó de la mano de un nuevo hermano, mi madre, embarazada y ya con un enorme barrigón, mantenía su alegría, al ver a sus hijos ir creciendo, eso le permitía apartar por un tiempo las dudas que le generaban los cambios en Tetuán.
Para las amistades que vivían como nosotros en el Protectorado, fue un año duro de miedos y angustias, que quebrantó muchas empresas y generó pérdidas económicas, y en el que se empezaron a pasar necesidades. Hubo despedidas, llanto y dolor. Poco a poco, muchas familias decidieron volver a la península para empezar de nuevo; lo hacían con mucha incertidumbre, pero con valentía. Tenían claro que, si pudieron emprender y rehacer sus vidas en Tetuán, podrían hacerlo de nuevo en otros lugares, y así lo hicieron.
EL MUNDO parecía moverse bajo los pies de todos. Mientras en España muchas familias seguían viviendo con braseros de picón, radios de válvulas y ropa remendada y oscura, en el exterior se aceleraba la descolonización, se agitaban los equilibrios internacionales y se abrían grietas en los grandes bloques ideológicos.
El 1 de enero, Sudán se independizó del Reino Unido, un paso más en la caída de los viejos imperios europeos. Los periódicos, con retraso, trajeron las noticias, la descolonización avanzaba. En los bares era el tema de conversación entre los empresarios y los trabajadores, pero todos confiaban y tenían fe en que allí se vivía muy bien y tardaría en producirse una situación similar allí.
Varias semanas después, Europa sufre una ola de frío devastadora. Una lengua de aire polar continental atravesó toda Europa sin pedir permiso, con fuertes nevadas y temperaturas extremas, helando tuberías, campos y pulmones.
En España, esta ola fue la más intensa del siglo veinte. En muchas ciudades se encadenaron más de veinte días de haladas. El frío condicionó la vida cotidiana y la economía. Era complicado transitar por las carreteras para transportar los alimentos y otros productos necesarios, los carros y las mulas apenas podían avanzar por los caminos, siempre con la incertidumbre del andar por lugares cubiertos por nieve.
Mi tía Luisa le contaba a mi madre en sus cartas desde Madrid que los cristales amanecían empañados por dentro, el agua se congelaba en los cántaros y la ropa húmeda no terminaba de secarse. La chimenea les permitía entrar el calor, pero coger leña se hizo muy duro, incluso transportarla era complicado, el carbón empezó a escasear al igual que algunos alimentos. El brasero en la mesa camilla era el mejor refugio para soportar el frío. Alrededor de él se hacía de todo: coser, escuchar la radio, leer, estudiar, contar historias, jugar.
En el estanco de mi abuela en El Pardo, todos contaban anécdotas y dificultades que se encontraban: lavar la ropa en el río y mantener la higiene era casi imposible, los resbalones y caídas eran continuos, las manos agrietadas, los sabañones en los dedos. Fue duro y pasaron muchas penurias, pero estaban acostumbrados a subsistir estirando y compartiendo los pocos recursos que les iban quedando. La ola no parecía querer terminar, pero como siempre volvió a brillar el sol y todo volvió a la normalidad.
Los días siguientes circularon miles de ideas sobre qué hacer para no pasar penurias si volvía a suceder.
Esa ola de frío se convirtió en un recuerdo generacional, al igual que nos pasó a nosotros en 2021 con la llegada de Filomena, que nos trajo dos días de gran nevada que sobrecogió al país y paralizó Madrid.
En Tetuán llegaron las bajas temperaturas y el agua, pero no la nieve, se vivió de forma muy diferente.
Mientras tanto, en el tablero internacional, los bloques ideológicos se endurecían y los equilibrios se reconstruían en torno a ellos, uno liderado por Estados Unidos y otro por la Unión Soviética. El mundo funcionaba en base a los intereses de esas 2 nuevas superpotencias. Las tensiones entre ambos eran continuas y además en cada bloque se generaban grietas y conflictos que generaron muchos momentos de represión.
En ese contexto, nuestro país, que intentaba abrirse paso hacia la modernidad y negociaba acuerdos comerciales con Estados Unidos, en plena guerra fría, recibió con los brazos abiertos la propuesta de que España ingresara en la OTAN, como reflejo de la integración del régimen franquista en el bloque occidental.
En el otro bloque se produce un enorme GIRO EN LA UNIÓN SOVIÉTICA. En febrero de 1956, durante el XX Congreso del Partido Comunista, Nikita Jruschov abrió un periodo completamente nuevo en la historia soviética. En una sesión a puerta cerrada pronunció su célebre “discurso secreto”, en el que denunció los crímenes, purgas y abusos del estalinismo, sacudiendo los cimientos ideológicos del régimen y marcando el inicio de la desestalinización: se relajó el terror político, se revisaron condenas, se permitió una cierta apertura cultural y se buscó un liderazgo menos basado en el miedo.
El impacto fue inmediato en todo el bloque socialista, generando un clima de esperanza, incertidumbre y tensiones que definiría la segunda mitad de los años cincuenta.
En la España de Franco, la prensa oficial apenas mencionó este giro y, cuando lo hizo, fue para restarle importancia. El régimen había construido su propaganda anticomunista sobre la figura demonizada de Stalin, y la desestalinización obligaba a reajustar ese relato. En los círculos intelectuales, universitarios y diplomáticos se entendió que algo profundo estaba cambiando. En las universidades, donde el malestar estudiantil crecía, el “discurso secreto” circuló en copias mecanografiadas y alimentó la sensación de que el mundo entraba en una fase de transformaciones que España no podía ignorar.
En el estanco de mi abuela, en El Pardo, las pequeñas conversaciones que allí se cruzaban hablaban de un simple cambio de careta que no engañaba a nadie: la maldad seguía debajo.
En el Protectorado, las autoridades coloniales seguían la política internacional con atención, pero la prioridad era la estabilidad local y la relación con el sultán Mohamed V, recién restituido en el trono. La región vivía su propio proceso de cambio, y la noticia del XX Congreso se interpretó más como un síntoma del nuevo clima internacional que como un factor directo en la vida cotidiana. Aun así, reforzó la idea de que el mundo avanzaba hacia nuevas formas de legitimidad política mientras el dominio colonial español se acercaba a su fin. Las preocupaciones de los tetuaníes estaban ya en lo que se veía venir: la independencia.
Las buenas relaciones entre Moscú y Pekín habían promovido el intercambio comercial y se había construido una línea férrea entre ambas capitales, el tren Transiberiano, que se pone en funcionamiento este año. Es la línea férrea más larga del mundo, cercana a los 8.000 km. Los primeros servicios tardaban en recorrerla entre 6 o 7 días de viaje continuo a una velocidad entre 60 y 100 km/h. Las paradas fronterizas de Mongolia y China eran largas, también hacía parada en las ciudades importantes.
En febrero el gobierno franquista promulgó un decreto que crea las Casas de Cultura en todas las capitales de provincia y poblaciones importantes, instrumento del régimen para canalizar y controlar la vida cultural local, pero también germen de ciertos espacios de sociabilidad y difusión cultural. Tras la guerra había cerrado las generadas por distintas estancias, ahora las abría como propias, una nueva estrategia para promover “su culturalización social”. El fin es coordinar las actividades de los archivos, bibliotecas y museos con las de las corporaciones provinciales y municipales. Ello, además, permite un mayor control sobre sus contenidos.
También se publica este año un decreto ley con el que se pretende “poner freno a la incontestable ilicitud de la prostitución, ante la teología moral y el mismo derecho natural”. En él, se declara la prostitución como tráfico ilícito y se prohíbe “la existencia de mancebías y casas de tolerancia”, estableciendo un plazo para la clausura de las mismas.
EnEspaña se vive una de las crisis políticas internas más serias desde la Guerra Civil. La autarquía económica tiene al país al borde de la quiebra y se abre una pugna entre falangistas y tecnócratas del Opus Dei.
Pese a que el Consejo de ministros acordó una mejora de salarios del 20% y la reducción de las cuotas empresariales a la Seguridad Social, las medidas no tuvieron una buena acogida entre los obreros que se empezaron a movilizar en señal de protesta. El régimen reacciona con rapidez y contundencia y no permite que vaya a más.
Se producen enfrentamientos entre estudiantes de distintas tendencias en la Universidad Complutense de Madrid. El Gobierno decreta el estado de excepción en todo el país ante los graves conflictos universitarios promovidos por sectores socialistas y comunistas.
Todo este malestar, obliga al gobierno a impulsar un cierto desarrollismo.
En el PROTECTORADO ESPAÑOL, durante la primavera llegó el momento de la Independencia de Marruecos, fue un acontecimiento mundial que afectó al equilibrio mediterráneo y a las potencias coloniales europeas. El 2 de marzo de 1956, Francia concede la independencia a Marruecos, poniendo fin al Protectorado francés instaurado en 1912.
El 7 de abril de 1956, España reconoce también la independencia de Marruecos y comienza el desmantelamiento del Protectorado Español en la zona norte, donde tenía su capital en Tetuán. Y el 15 de mayo de 1956, Mohamed V declara que el territorio marroquí es un “todo indivisible” e incluye en su discurso las “fronteras históricas”, donde menciona Ceuta y Melilla como parte de sus aspiraciones, sin aportar títulos jurídicos sólidos.
La independencia sorprende a muchos pequeños empresarios y trabajadores españoles que habían invertido en el Marruecos colonial, que ofrecía mejores perspectivas que la España autárquica. Muchos se ven obligados a retirarse con pérdidas o a negociar con las nuevas autoridades. Mi padre fue uno de ellos, creía que lo tenía todo controlado, pero fue todo muy rápido y las costuras del negocio fueron resquebrajándose con rapidez.
El gobierno acuerda con el futuro rey la retirada progresiva y el traspaso de tropas indígenas al nuevo Ejército Real de Marruecos, aunque el arriado definitivo de la bandera española en algunos puestos (como Bab Taza) se produce en 1957. Allí permanecieron algunos cuerpos militares españoles durante bastante tiempo más. Mi padre denominaba a ese incipiente ejército marroquí, “ejército de liberación”.
El Protectorado Español deja de tener sentido histórico: Marruecos pasa de ser un espacio tutelado a un Estado soberano, y España entra en una fase de reajuste político, militar y económico respecto a su antigua “colonia”.
Al llegar la independencia, todos los montes se quedaron sin los guardamontes, sin autoridades. Al disminuir la seguridad, aparecieron los robos de material a pequeña escala.
Mi padre, en esos momentos tenía 3 camiones automóviles dedicados al trabajo en los montes: un Fargo, un Reo y un Austin.
Mi padre envió recado a mi abuelo José para que fuera a echarle una mano. Éste no lo dudó y acordó ir hasta Algeciras en la camioneta, donde lo recogería él. Pero quien fue a Algeciras fue mi madre. Llegó con su camisa blanca de trabajo, su pantalón “arremangao” y sus “alpargatas”.
Siguiendo las instrucciones de mi padre, mientras esperaban la salida del barco, lo llevó a comprarse unos zapatos. A él le gustaban todos; cada vez que se probaba uno decía: “Mu bien”, pero se lo decía a todos. Al final se decidió por unos negros sencillos; también le compró unos calcetines. Se fue con ellos puestos y, al rato de andar, le dijo: “Parece que me quedan un poco grandes”. Realmente estaba desacostumbrado a llevarlos.
Mi madre lucía un enorme embarazo, ya prácticamente a término. Fue un viaje temerario y de riesgo; no sé qué hubieran hecho de precipitarse el parto.
En Tetuán, mi padre encargó que le hicieran con rapidez un traje a mi abuelo, según él, no iba apropiadamente vestido.
Cuando el traje estuvo terminado, le llevó a hacerse unas fotos, que necesitaba para los papeles y permisos.
Mi madre lo acompañó y me llevó con ella y nos hicieron una foto juntos; él metió su copia en la cartera orgulloso de su familia.


Le hicieron una Tarjeta de Identidad a mi abuelo el 15 de abril, que por aquella época y según el salvoconducto que se conserva, donde constaba como jornalero nacido en Cortes de la Frontera (Málaga). Se indica también que su lugar de residencia en Marruecos sería en Beni Aros.

Durante esos días, mi madre se pasaba gran parte del día escuchando la radio y acariciando al niño que tenía dentro. Me cogía la mano cuando notaba algún movimiento o patadita, para que yo también sintiera la vida que allí atesoraba. José Miguel le hablaba y le contaba historias y Mari estaba siempre pendiente de lo que necesitaba. “La vida que llega siempre llena de alegría las casas, por muy incierto que sea lo que ocurre fuera”.
Los grandes ratos en compañía de la radio daban mucha vida a mi madre, le encantaba seguir las noticias siempre con la oreja cerca de la radio, escuchar zarzuelas y coplas. Las ondas le llevaron las canciones “Ay Campanera” interpretada por Joselito, un niño de 13 años y “Qué será, será” de Doris Day, que no pararía de tararear y que se convertiría en un fenómeno mundial, lo que la llevaría a ganar el Óscar a la mejor canción original.
Ambos temas se incluían en sendas películas, la primera en el “pequeño ruiseñor”, de Antonio del Amo, se estrenó en las salas de cine de Madrid, la segunda en “El hombre que sabía demasiado” de Alfred Hitchcock, que tardaría en poder verla.
Allí se enteró también, junto a Mari Carmen que la película española “Tarde de toros” fue seleccionada para competir por el Óscar a la mejor película extranjera, y que “Calle Mayor” de Juan Antonio Bardem, obtuvo el Premio de la Crítica en el festival de Venecia. Quedaron en que cuando las llevaran a los cines de Tetuán, irían.
También en la radio, escuchó la noticia de la muerte en Madrid de la escritora, editora, crítica literaria y política sevillana, Blanca de los Ríos y Nostench (Nacida el 15/8/1859), a los 96 años. Una pionera en un mundo todavía de hombres, encuadrada en la generación del 98, que dedicó gran parte de su vida al estudio y crítica de la literatura hispanoamericana. Mi madre no tenía mucho tiempo para leer, pero su padre, al que admiraba con locura, había sido un excelente lector, y prestaba mucha atención a estas noticias.
Pero el momento más emocionante en la radio llegó con la retransmisión del matrimonio entre el príncipe Rainiero de Mónaco y la actriz Grace Kelly, que se convirtió en un acontecimiento mediático europeo. Fue una ceremonia televisada, pero aquí aún no teníamos televisores, la audiencia en toda Europa en ese día fue de unos 30 millones de espectadores.
Mientras narraban la boda, contaban miles de anécdotas que ella escuchaba con mucha atención, como que se habían conocido en el festival de cine de Cannes. Fue un hito en la cultura de masas y en la construcción de la imagen glamourosa de Mónaco. Mi madre lo vivió emocionada, para ella era como un cuento de hadas, una boda llena de pompa y ceremonia.
Le impactó para toda la vida, siempre asociado al nacimiento, pocos días después, de su cuarto hijo, mi hermano Juan Carlos. Yo cumplía ese día mis primeros 16 meses. El pesó 5 kilos y medio. Mi madre tenía 34 años y mi padre, 38; Mari Carmen, 14 y José Miguel, 10. Mi padre escribió un telegrama al estanco de la abuela, informando de que todo había ido bien.



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