Pasoslargos

Caminando y descubriendo nuestro pasado tirando de hilos llenos de colores


1955 – 6. La tuberculosis preocupa a la familia.

A mi tío Miguel, mi padrino, hacia la mitad de los años cuarenta, durante su mili, le detectaron una infección por la Mycobacterium tuberculosis, también llamada bacilo de Koch, estuvo tan malo que solo completó la mitad de su instrucción militar.

Literalmente, se quedó en los huesos, como nos muestra esta foto.

Le atropelló la llamada tisis o peste blanca, aludiendo a la palidez extrema y al adelgazamiento característico de los enfermos y también por el enorme número de muertos que se producían en España por su causa.

Era un problema de salud tan relevante que he decidido hacer este pequeño monográfico para trasladaros una cierta idea de como afectaba a nuestras familias en un pasado relativamente cercano.

Eran otros tiempos, la sanidad pública en España era casi inexistente y de la investigación, mejor no hablar. Para mí, fue una generación atrás, pero no tenía nada que ver con la que sanidad pública que ahora vivimos, que es un lujo (mejorable) y que no deberíamos perder.

En aquella época no había tratamientos adecuados, se «experimentaba» utilizando un amplísimo abanico de sustancias, muchos de ellos sin utilidad terapéutica alguna, o un conjunto de técnicas la colapsoterapia, destinadas a colapsar parcialmente el pulmón y así permitir que las lesiones tuberculosas cicatrizaran. Eran tratamientos muy invasivos, arriesgados y menos efectivas que el tratamiento farmacológico moderno, los efectos secundarios producidos eran tremendos.

La tuberculosis azotaba tanto a la población, que se crearon algunos sanatorios específicos, aunque mal financiados, su efectividad se basaba en los efectos beneficiosos del aire puro, el clima de altura y la radiación solar, porque aún no había antibióticos específicos para afrontarla. Éstos no llegaron a fabricarse en España hasta 1954 y con patentes americanas. Hasta ese momento, los tratamientos eran realmente prohibitivos.

A mediados de los años 40, Estados Unidos era el único fabricante; un tratamiento completo podía costar entre 3 mil y 5 mil dólares de la época, lo que traducido a pesetas serían entre 32.850 y 65.750. A ese precio, para llegar a España había que añadirle los aranceles y los costes «añadidos» por algunos listos por su escasez, el gobierno franquista minimizaba las importaciones pero se vendían en ciertos momentos en el mercado negro. Solo las élites económicas tuvieron acceso a ellos. El sueldo medio en España podría estar en torno a las 2 o 3 mil pesetas al año.

Mi tío Miguel pasó ese trago amargo, dejando en su mochila relevantes secuelas. En esos años, en su caso, su sistema inmunitario contuvo la infección, pero no la eliminó. Quedó encapsulada en su cuerpo, latente, con enormes posibilidades de reactivarse más adelante si su sistema inmunitario se debilitaba y no debemos olvidar que esos años fueron de mucha hambre.

Miguel, mi padrino, empezó a sentirse mal nuevamente en los primeros meses de este año 1955, tenía 28 años. Apareció la febrícula persistente, sobre todo por la tarde y la noche, a veces le daban suaves escalofríos. Por la noche sudaba en abundancia, lo que obligaba a mi abuela a cambiar la ropa de la cama con mucha asiduidad.

Estos primeros síntomas lo achacaban inicialmente con “debilidad”, “anemia” o “catarros mal curados”.

Su persistencia le quitaba las ganas de comer, por lo que, al poco tiempo, la pérdida de peso se hacía evidente, perdió el apetito y la debilidad aumentaba, el cansancio iba creciendo, llegando momentos en que un pequeño esfuerzo le generaba un enorme agotamiento.

Apareció una tos seca y persistente, que no desapareció hasta que, meses después, empezó la mejoría.

El ahogo aumentaba en tiempo e intensidad. Al intentar respirar y al toser aumentaba el dolor en su costado, le mantenía con una sensación de opresión o pinchazos.

La enfermedad avanzaba lentamente. A veces, con esa tos, expulsaba de forma llamativa pequeñas gotitas de sangre, lo que aumentaba la alarma, y un enorme «esto va a peor» inundaba sus pensamiento.

Al hacer cualquier mínimo esfuerzo notaba la falta de aire, llegando en cierto momento a sentirla incluso en reposo.

El diagnóstico fue claro, había aparecido de nuevo la tuberculosis. Seguía siendo un problema sanitario muy importante en los años 50, aunque ya en descenso gracias a la paulatina introducción de antibióticos como la estreptomicina y a las campañas antituberculosis. Era muy común entre los adultos jóvenes.

En la foto con su cuñado, mi tío Paco.

En aquella época, cuando se diagnosticaba, los médicos recomendaban reposo en sanatorios como el de La Fuenfría, cerca de Cercedilla, en la sierra de Guadarrama, inaugurado en 1921, el año en que nació mi madre, en principio para los que podían costearlo, pero tras su abandono durante la guerra, se reabrío de nuevo en 1950.

En estos años era una de las principales causas de muerte en España. Los antibióticos empezaban a llegar muy lentamente, la infraestructura sanitaria era limitada y los sanatorios se convirtieron en el espacio más adecuado para afrontar esta enfermedad aunque para muchos, cuando llegaban era demasiado tarde.

Allí, el efecto de la altura estimulaba la producción de glóbulos rojos, previniendo las anemias. Las bajas temperaturas ayudaban con los pacientes febriles y los inapetentes. Allí se seguía un proceso normalmente largo.

La institución publicitaba en aquella época, sin ningún reparo, que se atendía a los enfermos y a sus familias con el objetivo de “recuperar su capacidad de trabajo” en menos de un año. Raramente se conseguía, pese a disponer de variadas técnicas en cirugía torácica. Muchos pacientes de 30 años llegaban a los sanatorios con síntomas ya avanzados, porque la detección precoz era muy limitada.

Allí recibiría: reposo absoluto, buena alimentación, aire puro y experimentarían con la nueva y múltiple medicación: estreptomicina, PAS, isoniazida según la época.

Mantenía una rutina bastante dura. Para él, los días comenzaban pronto, sobre las 6 y media o 7 de la mañana. Una monja o un enfermero recorrían los pasillos intentando que el ritmo del despertar fuera ágil.

Se abrían las ventanas para “renovar el aire”, le tomaban la temperatura y, si era necesario, la frecuencia respiratoria. Se repartía una primera bebida caliente: leche, café aguado o infusión.

El reposo matinal obligatorio entre las 7 y las 9, era el tratamiento principal. El silencio era casi absoluto.

Él permanecía tumbado, sin hablar, se fomentaba la respiración tranquila, algunos leían, pero muchos simplemente miraban por la ventana.

En todos los sanatorios, “hacer reposo” era casi una religión.

A las 9 se ofrecían un sencillo pero calórico desayuno: pan blanco, mantequilla o mermelada, leche o café, a veces huevos o gachas. La alimentación era clave porque con la enfermedad se perdía mucho peso.

De 10 a 13, seguía el tratamiento de “helioterapia” (tomar el sol) y «aire puro«. Esta era la parte más característica de los sanatorios. Todos los pacientes salían a las terrazas que estaban orientadas al sur. Se tumbaban en hamacas o sillas reclinables. Si hacía frío, tomaban el sol, envueltos en mantas. Rodeado de montes y observando las laderas verdes, esto debía de ser impresionante.

A la 1 del mediodía «comían bien«, entremezclando: caldos, cocidos, carne guisada, verduras, pan y postre (fruta o natillas). El objetivo era engordar y fortalecer.

Desde las 2 y hasta las 4 de la tarde, tenían una siesta o «reposo absoluto» nuevamente, también obligatoria, esta vez nada de hablar, nada de levantarse y nada de leer. El cuerpo debía “trabajar centrado” en curarse.

Entre las 4 y las 6, les solían hacer «revisiones, curas de enfermería«.

Se llevaba el control de peso y temperatura.

Y si era preciso, se les hacían pruebas: Radiografías, Baciloscopias, Pruebas tuberculínicas.

También se les administraba el tratamiento que les correspondiera: Inyecciones de estreptomicina, Tomas de PAS o isoniazida y Colapsoterapia (tratamiento muy extendido antes de los antibióticos pero que se usaba el los 50).

La esterectomicina era el primer antibiótico eficaz contra la tuberculosis. Se usaba de forma muy limitada por su coste. Si se usaba sola, aparecían resistencias de la bacteria. El PAS, ácido para-aminosalicílico, se combinaba con ella para evitar resistencias. Se utilizaba en tratamientos largos y tenía efectos secundarios digestivos. La Isoniazida (INH) fue otro antibiótico que se utilizaba desde 1952 en tratamientos de 6 o más meses (provocaba numerosos efectos secundarios adversos, especialmente hepáticos, reacciones alérgicas severas y alteraciones neurológicas), supuso un gran cambio, era más barata, eficaz y fácil de administrar, con el tiempo permitió reducir las estancias en los sanatorios.

Durante esta década se experimentaba combinando entre ellos y con otros productos, lo que condujo a los tratamientos modernos.

La colapsoterapia se utilizaba cuando realmente el paciente sentía que no le llegaba el oxígeno a los pulmones y se ahogaba. Se pretendía el colapso pulmonar con un objetivo terepéutico. Había distintas técnicas: Neumotórax artificial (introducción de aire en la pleura), Se repetían periódicamente, cuando se necesitaba, Neumoperitoneo (introducir aire en el abdomen para elevar el diafragma) y la Toracoplastia, más intrusiva y que consistía en cirugía para retirar costillas y colapsar el pulmón.

Con él, debieron de probar todas, porque sus dificultades fueron muy graves. La última técnica, que también se la hicieron, le afectó en la estructura ósea, su cuerpo se fue curvando a lo largo del tiempo, dificultándole algunos movimientos.

A mí me parecen procedimientos muy agresivos, duras y muy dolorosas, pero supongo que en esos momentos salvarían muchas vidas.

Entre las 6 y las 7 se le permitía un «paseo corto» si su estado se lo permitía o reposo al aire libre, leyendo en algún banco de la terraza.

Los paseos se hacían con lentitud por el recinto, iban conversando suavemente, sin grandes esfuerzos ni aspavientos.

En los momentos peores hacía pequeños trayectos solo, sin alejarse mucho.

Recordaba sus idas al río a pescar, con su caña y su cesta, lo echaba de menos.

En los momentos mejores alargaba el camino siempre acompañado.

A veces, el cansancio le llegaba mientras paseaba y se sentaba un rato en la tierra a descansar.

La «cena» la tenían entre las 7 y las 8. Era más ligera: Sopa, Tortilla o pescado, pan y leche caliente.

De 8 a 10, se cerraban persianas y ventanas, se les tomaba la «temperatura» y se repartía la «medicación nocturna«. El silencio inundaba todo el sanatorio. Algunos escribían cartas a sus familiares o hacían anotaciones en sus cuadernos-diarios antes de dormir.

Veía que todo aquello era necesario e inevitable, pero se sentía también aislado, en cierta medida encarcelado. Los miedos inundaban sus pensamientos en esa soledad, porque la tuberculosis aún era seria.

El tiempo pasaba y llegó el cansacio, por la enfermedad y la disciplina del reposo. Pero, en ese refugio seguro, se sentía aliviado y, además, tenía todo el tiempo del mundo para pensar, leer, escribir y observar la sierra.

La esperanza le abandonaba en los momentos duros, en los que creía que la enfermedad se lo iba a llevar, pero su fuerza, sus creencias religiosas y sus compañeros le hacían recuperar su fe en que iba a salir vivo de allí.

Mi tía Sagrario, aplastada por el dolor se mantuvo con fuerza a la espera de cualquier signo de mejora. Le había dado esta foto, con un pensamiento claro en su reverso.

En esta foto está con su tía segunda Matilde Gutiérrez Machuca, que tal vez visitaba a su hijo u otro familiar.

Mi tío era de carácter muy sociable, muy chistoso y quería mucho a su familia, allí la echó mucho de menos.

Mi madre, mi tía Luisa y toda la familia le querían mucho.

Le fueron visitando siempre que se lo permitían, no hay que olvidar que allí había muchos pacientes contagiosos.

El era de constitución fuerte y aunque estuviera muy debilitado, poco a poco los antibióticos empezaron a funcionar.

Los rezos eran continuos, se necesitaban cuando todo iba mal y se necesitaba creer, ya sea en los médicos y enfermeras o en el Dios que dirige tu religiosidad.

Las procesiones ayudaban a pedir la ayuda sobrenatural, en diálogo con Dios a través de los rezos, abriendo a él sus corazones; estas creencias les insuflaban algo más de esperanza.

En esta foto se observa la falta de peso de algunos de sus compañeros.

Otro aspecto que «ayudaba y mucho» era la piña generada por la «amistad». Hizo muchos amigos, las circunstancias eran tan duras para todos que esas amistades surgidas de la intimidad que genera el dolor, le acompañaron más allá de la enfermedad, durante toda su vida.

Una foto en un descansito durante un paseo colectivo.

Optimismo generalizado en la sala de reposo. Las sonrisas reflejan la esperanza de que pronto recuperarán sus vidas.

Aquí, ya se le nota recuperado, subiéndose seguramente en una de las sillas o bancos.

En el estanco, mi abuela Paula y mi tía Luisa echaban de menos su presencia, su trabajo, su alegría, su música y sus gracias.

Allí, la preocupación de sus amistades, y las preguntas sobre su estado eran diarias, a veces poco había que decir, todo iba demasiado lentamente, sin seguridades ni certezas.

Siempre recordaría el sanatorio como un lugar duro, pero también como espacio de calma y amistad.

La sonrisa nunca abandonó su rostro ante la cámara. En esos instantes todo lo pasado quedaba guardado en algún pequeño bolsillo que solo él conocía.

Después de un largo periodo, por fin se fue encontrando mucho mejor.

No tengo constancia de cuanto tiempo estuvo allí ingresado, ni de la fecha en que salió. Pero seguramente, en una visita de su familia, el médico les mandó llamar a su despacho, donde entraron con muchas dudas. He querido recrear ese relevante momento en una pequeña conversación.

Miguel entró acompañado de Luisa, su hermana, que camina con paso firme como si quisiera sostenerlo con su sola presencia, y de Sagrario, que lleva las manos entrelazadas, apretadas contra el pecho, como si temiera que una palabra equivocada pudiera desmoronarlo todo. El médico los invitó a sentarse.

El médico le dijo: Bien, Miguel… ha llegado el momento de darle el alta. Ha pasado usted por un proceso muy duro, más de lo que cualquiera debería soportar, pero su organismo ha respondido. La infección está controlada y las lesiones del pulmón han cicatrizado lo suficiente para que pueda volver a casa... No todos llegan a este punto.

Miguel: Entonces… ¿estoy curado del todo?

Sagrario bajó la mirada. Luisa apretó los labios, como si quisiera escuchar la verdad sin adornos.

Médico: Curado… lo que se dice curado, no podemos afirmarlo. Su cuerpo ha conseguido desactivar la infección, reducirla, mantenerla quieta. Eso es una buena noticia, créame. Pero la bacteria permanece, aunque inactiva. Lo importante ahora es que siga cuidándose para evitar que despierte.

Sagrario levantó la vista, con los ojos brillantes.

Sagrario: ¿Y… qué tenemos que hacer para que no vuelva?

El médico la mira con suavidad, entendiendo el plural.

Médico: Lo principal es descanso, buena alimentación y evitar grandes esfuerzos. Nada de trabajos pesados durante una temporada. Y olvídese del tabaco, Miguel, aunque lo tenga tan a mano. Si nota fiebre, tos persistente o vuelve a escupir sangre, venga de inmediato. No espere.

Luisa: (Con voz firme) Estaremos pendientes. No se preocupe por eso.

El médico asientió, como si reconociera en ella a la columna vertebral de la familia.

Miguel: ¿Puedo contagiar a mi familia?

Médico: Ahora mismo, no. Mientras la infección esté inactiva, no es contagioso. Aun así, mantenga hábitos de higiene y ventile bien la casa. Y si algún síntoma reaparece, no lo deje pasar. No por usted solo… también por los suyos.

Sagrario que tenía cogida la mano de Miguel, la aprieta con fuerza, como si esas palabras le devolvieran un poco de aire.

Miguel: ¿Puedo volver a trabajar pronto?

Médico: Depende del tipo de trabajo. Si es físico, mejor esperar. Su pulmón ha quedado delicado, como una herida que ha cerrado pero aún duele al tocarla. Si es algo más ligero, quizá dentro de unas semanas. Pero no se precipite. Una recaída sería mucho peor que todo lo que ha pasado aquí.

Luisa asiente con determinación.

Luisa: Ya nos apañaremos. Lo importante es que se recupere del todo.

Miguel: ¿Esto puede volver dentro de unos años?

El médico suspira. No quiere mentir.

Médico: Puede. No siempre ocurre, pero es posible. La tuberculosis es muy traicionera. A veces permanece dormida y, si el cuerpo se debilita, despierta. Por eso le insisto tanto en cuidarse y venir a revisión cada cierto tiempo. No es por asustarle, es por protegerle. Sagrario traga saliva. Miguel le pasa un brazo por los hombros, como si quisiera tranquilizarla él a ella.

Miguel: ¿Y qué puedo hacer yo para evitarlo?

Médico: Comer bien, descansar, evitar enfriamientos, no exponerse a humedades… Y, sobre todo, no descuidar los controles médicos. Usted ha salido adelante porque su organismo ha sido fuerte. Mantenga esa fortaleza. No la dé por sentada.

Miguel sonríe, esa sonrisa suya que siempre parece encontrar un rayo de luz incluso en los días más oscuros.

Miguel: Gracias, doctor. Pensé que no saldría de esta. El médico lo mira con una mezcla de respeto y afecto profesional.

Médico: Ha sido valiente, Miguel. Muy valiente. Ahora toca ser prudente. La vida puede volver a la normalidad… pero con calma. No tenga prisa. Ya ha ganado bastante por hoy. Sagrario apoya la cabeza en el hombro de Miguel. Luisa, con los ojos húmedos pero la espalda recta, se adelanta para estrechar la mano del médico.

La puerta del despacho se abre. La vida, con todas sus incertidumbres, los espera fuera.

Llegó delgado, pero bastante repuesto.

Volvería pronto, a visitar a sus amistades, sabía que allí la soledad era dura.

Para él era doloroso el recuerdo de lo vivido. Pero sabía, que para ellos, verle ya repuesto y trajeado les llenaba de esperanzas y les animaba.

Le preguntaron si ya había ido a pescar, sabían que le gustaba mucho, el les contestaría que aún no, pero que en breve iría a pescar truchas, y alguna les llevaría.



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