Pasoslargos

Caminando y descubriendo nuestro pasado tirando de hilos llenos de colores


1955 – 5. La primera comunión de mi prima Marisa en El Pardo

La primera comunión siempre ha ocupado un lugar relevante entre los momentos más significativos para las familias en esos tiempos donde la religión seguía, obligatoriamente, marcando los ritmos de las personas.

Mi prima Marisa tenía 7 años y casi siete meses, era la edad que se consideraba adecuada para profundizar en el conocimiento de la religión católica, se buscaba con ello un compromiso con la iglesia, que en muchos casos perduraría durante toda la vida. Se solía realizar en plena primavera, donde la luz y el color de las plantas y las flores decoran nuestras calles.

Para cada familia suponía un gasto relevante. Previamente se encargaban una estampas para regalar como recordatorio a familiares y amistades.

Se compraba un buen vestido para ese día, blanco, con manga larga, con bordados finos y encajes discretos. Llevaba un bonito tocado del que caía un velo precioso y muy largo cubriendo gran parte del vestido, se sujetaba con un bonito lazo por detrás de la barbilla. Llevaban medias blancas y finas, normalmente de hilo.

Los zapatos no se le ven, pero solían ser blancos, de charol o piel. Eran típicos los zapatos planos, cerrados, normalmente de punta redondeada, con una tira que cruza el empeine y se abrocha en un lateral con hebilla (conocidos como «merceditas»).

Sus manos se cubrían con unos guantes de encaje. Entre ellas se ve un fino rosario con cuentas nacaradas, símbolo de pureza y devoción, así como un misal de nácar y seguramente con bordes dorados, que le serviría para seguir la misa.

Solían llevar colgado del brazo una bolsita blanca, de raso o piqué, con cordón, servía para guardar el misal, el rosario, un pañuelo blanco doblado con mucho mimo, bordado con sus iniciales y a veces con puntilla. Allí metían también algún pequeño recuerdo o regalo recibido.

Su madre la ayudó a vestirse con mucho mimo y cuidado, su abuela Manuela la miraba con fascinación, mientras iba acercándole las prendas.

Cuando terminó de vestirla, fue a su habitación para terminar de retocarse ella, cuando estaban todos ya preparados en la puerta, su madre se acercó, seguro que le dio un repasito:

“Ven aquí, mi vida, acércate un poquito… que te coloque bien este lacito, que quiero que vayas perfecta. No te muevas… así, muy bien. Cada vez que te miro, me acuerdo de lo rápido que creces, y de lo orgullosa que estoy de ti. Hoy vas a recibir por primera vez a Jesús, y quiero que lo sientas cerquita, dentro de tu corazón, como cuando te abrazo fuerte y sabes que estás segura.

Tu primera comunión va a ser el inicio de un camino de fe que te acompañará siempre. Tú tienes una luz muy tuya, una bondad que se nota en cuanto te miran, y deseo con toda mi alma que nunca la pierdas.

Mírate… estás radiante. No solo por el vestido, sino porque hoy tu alma está de fiesta. Ven, dame tu mano… así. Qué fría la tienes, mi vida, estás nerviosa. No te preocupes, yo estoy aquí contigo. Vamos despacito. Hoy vas preciosa, pero lo más bonito lo llevas por dentro. Y eso, mi niña, no te lo quita nadie”.

Antes de la ceremonia, se solían hacer algunas fotos de estudio, aún de punta en blanco, con todos los ornamentos en su posición justa.

Algunas fotos se dedicaban a los familiares, una dedicada a sus abuelos Paco Rodríguez y Manuela Gutiérrez, la otra dedicada a sus tíos y primos.

Se separaban en grupos distintos a chicos y chicas, el blanco, como señal clara de pureza era el color elegido para la ocasión.

El párroco ocupaba el lugar central que le correspondía, con sus vestiduras oscuras, rodeado de la luz de las pequeñas.

La procesión hacia la iglesia en fila, con algunos familiares al fondo, otros estaban inmortalizando el momento con sus cámaras y las madres, pendientes de recolocar todo aquello de sus atuendos que no estuviera en el lugar preciso.

Sentada en la iglesia, su madre Luisa y su tía Sagrario, en la primera fila tras ellas, sintiendo el momento y emocionadas.

Recibiendo su primera hostia consagrada del fraile, este jueves 19 de mayo.

Mientras, a su izquierda, esperaba un niño su turno.

Algunas madres, al fondo, no querían perderse ese momento tan memorable.

Ella concentrada, juntando las manos y cuidando todos sus movimientos para realizar bien este rito.

Terminada la ceremonia, ante el jardín llegaba un nuevo turno para las fotos, en las primeras, ella sola.

Algunas con sus hermanos: Paquita, con 4 años y Miguel ángel, que acababa de cumplir 2 una semana antes.

Entre su madre, Luisa, de luto riguroso, incluido el velo y su padre, Paco.

En familia. Mi tía luisa de luto riguroso, posiblemente habría muerto un familiar, que, a día de hoy no he conseguido encontrar quien era. Ejemplo del enorme contraste que te ofrece la vida, las dichas y las desdichas, todas hay que sobrellevarlas para poner una vida razonable.

En familia, escenas para el recuerdo.

Con una amiga y también con su abuela Manuela, que estaba en torno a los 69 años y mostraba su luto. Su abuelo, en torno a los 73 no se debía encontrar muy bien; ese año, moriría días antes de la navidad.

Los jardines del Pardo enmarcaron estas fotos. Luego llegaría un pequeño convite más íntimo. Marisa fue el centro de un buen día familiar. Mi tía Luisa acabaría agotada del ajetreo del día.



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