Pasoslargos

Caminando y descubriendo nuestro pasado tirando de hilos llenos de colores


1955 – 2. Las concesiones de Beni Aros

Poco nos contaba nuestro padre sobre las Concesiones que le aprobaron sobre 3 lotes en las laderas del macizo de Jebel Alam, en Beni Aros, cerca de Larache.

La Independencia de Marruecos rompería con tal desgarro su proyecto comercial, que sus pensamientos sobre la vida que allí llevó se quedaron en cierta medida encasquillados ante una situación que sentía «injusta», y que había atropellado su iniciativa personal y su proyecto empresarial.

Yo quiero que mis nietos Eric, Lucas, Triana, Kira y Mario, y todos mis sobrino-nietos conozcan un poco más de ese proyecto de su bisabuelo y he empezado a profundizar y adquirir un poco más de información sobre esos trabajos y sobre esos lugares remotos, que aquí comparto con ellos.

Desde hace varias semanas estoy aprendiendo a apoyarme en la inteligencia artificial de Copilot, por lo que estos textos son fruto de la conversación incesante que mantenemos ambos, tanto para investigar como para redactar. Con ella estoy adquiriendo conocimientos, investigando y mejorando los procesos necesarios para ir escribiendo cada vez un poquito mejor.

En Beni Aros, el trabajo de los carboneros, el descorche de los alcornoques, recogida de leña y de madera marcaban el ritmo de la vida en los montes. Hombres y muchachos conocidos de mi padre, traídos desde Ronda y Jimena de la Frontera, levantaban las carboneras con la paciencia que da la experiencia, vigilando día y noche el humo para que la leña se hiciera carbón sin arder. Era un oficio pausado, casi silencioso, en el que cada gesto contaba.

La compañía del calor y las humaredas, así como la necesidad de acompañar la combustión mañana, tarde y noches, exigían además una fortaleza y un aguante excepcional.

En las laderas de alcornocal, el descorche pedía manos cuidadosas y respeto por el monte.

En tiempo de campaña, los barrancos se llenaban de hombres y los golpes de hacha marcaban el ritmo e intensidad del trabajo.

Se abría la corteza del árbol, se desprendían las planchas de corcho y se iban apilando con cuidado, como si cada una llevara dentro el esfuerzo de toda la cuadrilla.

Estos oficios daban forma a un paisaje que era, a la vez, trabajo, tradición y memoria. Cada saco de carbón y cada plancha de corcho que bajaban las mulas por las veredas eran fruto de un esfuerzo duro, y el sustento de muchas familias que dependían de la montaña para vivir.

Pero, sacar adelante el carbón y el corcho nunca fue un negocio seguro. Había años en los que el monte respondía y uno podía respirar tranquilo, y otros en los que la lluvia arruinaba parte del carbón o la cosecha de corcho salía pobre, llevándose por delante una buena parte del margen de beneficio. El monte tenía sus humores y había que aceptarlos.

Mi padre hacía lo que podía: organizar a los hombres, asegurar que no faltara nada y vigilar para que cada jornada diera su fruto. También debía negociar con los arrieros para los transportes hasta la zona a la que podían llegar los camiones, adelantar los jornales y confiar en que la temporada acompañara.

Mi abuelo José era de Cortes de la Frontera y mi padre de Ubrique, nació en el parque de los alcornocales de la sierra de Cádiz, por eso se había apoyado en familiares y amistades de Cádiz y Málaga con experiencia; algunos incluso se habían trasladado a Larache con toda su familia. Todos le ayudaron en aquel empeño: eran sus ojos y sus manos en el monte, y gracias a ellos el trabajo salía adelante.

Intentó el máximo aprovechamiento de lo que allí había, en un momento observó que de algunas podas podía sacar secciones de madera, él me comentó que las cortaban preparando “duelas”, que eran piezas alargadas y delgadas, que se utilizaban en las industrias de muebles, construcción (revestimientos de suelos y paredes) y en tonelería.

Aparte del trabajo forestal, viendo que en el valle se cultivaba mucho pimiento, intentó montar un molino de pimientos secos para fabricar pimentón, tuvo allí trabajando a su hermano Roque, que según mi hermano Jose Miguel: «llegaba todos los días a la casa rumiando en arameo, embadurnado del rojo polvo del pimentón, y que le costaba quitarse de encima. Un día, harto dijo, hasta aquí he llegado y lo dejó, se acabó el negocio.

Tenía una parcela para guardar el material antes de su traslado definitivo. En esta foto, se le ve, supervisando los trabajos de pesado y carga en los camiones.

Tenía 2 camiones con sus conductores y una furgoneta, y cuando lo necesitaba contrataba más para llevar cargas de leña, carbón, corcho o madera a los puertos de embarque.

Continuamente hacía el trayecto de Tetuán a Larache, donde hizo muchas amistades, y donde alternaba con sus empleados y familiares.

En su conjunto, eran oficios que exigían cabeza, constancia y una fe serena en la tierra, esa fe primigenia que solo tienen quienes han vivido siempre de lo que el monte y la vida les han querido dar.

Para las gentes de los pequeños poblados y aduares, aquello suponía una cierta seguridad: estaban acostumbrados a subsistir del monte a su aire, pero cuando las circunstancias se torcían lo pasaban muy mal. Tener un jornal en los momentos en que se necesitaba mano de obra les daba estabilidad y, además, les permitía aprender nuevas formas de aprovechar los montes en los que habían crecido.

En aquellos años, Beni Aros era una zona de ganadería y mercado de carne de calidad, con cultivo de olivos y con bosques densos en torno al Jebel Alam.

Mi padre desarrolló estos trabajos en las 3 zonas que le concedieron para su explotación, los lotes 20, 27 y 30 de la Gaba de Ait Serif.

En la organización forestal del protectorado español, el territorio se dividía en: Gabas (grandes unidades de monte) y Lotes (subdivisiones dentro de cada gaba para concesiones concretas)

La gaba de Serif pertenecía a la zona de Larache-Beni Aros, situada en un monte lleno de alcornoques (corcho), encinas, pinos en zonas repobladas, áreas aptas para fabricar carbón vegetal. Estaba en las laderas del macizo de Jebel Alam, también conocido como monte Mulley Aselam ben Mashish.

“Monte Santo de Beni Aros” es su denominación popular y regional, usada porque el monte se encuentra. Es el más emblemático de la región, visible desde kilómetros a la redonda. Los ingenieros forestales del Protectorado lo usaban como punto de referencia visual constante, igual que los pastores y los habitantes de la zona.

Si imaginamos el Jebel Alam como un gran faro espiritual, los lotes 20, 27 y 30 están en sus laderas, bajando hacia los valles habitados, un espacio intermedio entre esta esa montaña «sagrada» y los aduares dispersos.

Durante el Protectorado español, este entorno del monte Mulay Abdeselam fue escenario de 3 grandes tipos de actividad: Presencia militar, Administración del territorio y control de accesos y por supuesto gestión forestal y repoblación.

Desde finales de los años 20, el Servicio de Montes del Protectorado, dirigido por Manuel Vázquez del Río, puso en marcha en Larache viveros forestales y planes de reforestaciones para frenar la erosión. También se realizaron inventarios forestales y estudios sobre especies locales.

Las explotaciones forestales llegaron a constituir uno de los sectores económicos más regulados y estratégicos de la administración española. La zona era especialmente rica en alcornoques, y por tanto en corcho de calidad, por lo que su extracción y el aprovechamiento maderero fueron actividades organizadas, fiscalizadas y «monopolizadas por el Estado español».

Entre 1944 y 1956 se vivió lo que llamaron “la fiebre del corcho”, con un aumento notable de la producción y de la presión sobre los montes. En el Protectorado se estableció un monopolio estatal del corcho, gestionado primero por el Comisariado de Montes y después por INCOME (Industrias y Comercio del Norte de Marruecos Español) una empresa pública creada para centralizar la explotación. La extracción se realizaba mediante cuadrillas locales, supervisadas por técnicos forestales españoles. El corcho se destinaba a: exportación a la Península, la industria taponera y para aglomerados y derivados.

También hubo corta de madera, tanto allí, como en Xauen y Tetuán. Se talaban encinas, alcornoques, pinos y otras especies autóctonas. La madera se destinaba a: construcción local, infraestructuras militares, carreteras y ferrocarriles del Protectorado, y a la producción de carbón vegetal.

Las cabilas participaban en la extracción como mano de obra estacional. El corcho y la madera se convirtieron en fuentes de ingresos complementarios para muchas familias de Beni Aros. La administración española regulaba permisos, cupos y transporte

En cuanto a la zona donde estaban las concesiones, he conseguido recuperar un croquis de los 3 lotes que le adjudicaron en torno a 1949, y que alguien tiró a la basura en un pequeño cuadrito, y que ahora comparto. Ha sido fundamental para describir el maravilloso espacio que es.

El croquis de los 3 lotes está en la escala 1:50.000. Los lotes están en la parte occidental de Beni Aros, en el entorno del macizo de Jebel Alam, en el entorno del valle del río Uarar.

2 apreciaciones necesarias sobre este croquis, por un lado, los nombres que hay en él están españolizados, por lo que hoy en día se utilizan otras variantes locales (algunas están localizadas y las he incluido); y por otro, no hay indicación relacionada con el norte, sur, este y oeste, aspecto que no he conseguido asegurar.

Están en una zona de laderas suaves que descienden hacia el sur, delimitados por los accidentes geográficos que allí se encontraban. Se identifican bien en su contorno el barranco de GuarinWad Gharin, Oued Gharin, también el barranco Uad An GuayaOued Anguaya, Oued N’Guaya y el barranco Dar Saf. También se identifica la Loma de Ain Bargox y el río Uarur, que hoy podría ser Ouarour, Warour, Uarour, Ouarour n’Wad.

Entre las parcelas 20 y 27 se observa el barranco El JeradJerrad, Djerad, Oued el Jerrad y entre la 27 y 30, el barranco Xaiohun.

El lote 30 está delimitado por un barranco profundo en su lado occidental, que tiene una forma muy característica: nace en una cota alta, baja en diagonal y se abre en un valle más amplio. Este tipo de barranco es muy reconocible en la orografía de Ait Serif / Beni Aros, donde solo hay 2 barrancos con esa geometría.

El lote 30 está claramente al sur del 27 y al suroeste del 20. Esa disposición triangular coincide con la estructura típica de los lotes forestales del Protectorado en esa zona.

Si miramos los detalles, en el croquis se identifican varias agrupaciones de casas o “aduares”. En ellos vivían sus pobladores, muchos de ellos realizando los trabajos necesarios en los lotes. Entre ellos, encontramos:

  • AlmaEl Ma, Al Ma, Ain Ma (ojo: ain muchas veces significa “fuente”).
  • Aonzar / Ounsar: Coordenadas aproximadas: 35.41549, -5.59543 (localización para MAP. Altitud: 730 m. Es una zona tribal, no un pueblo grande.
  • BerdraBerdara, Bradra, Bradraoua.
  • Buyedion
  • Chadra → podría ser Shadra, Chadra, Shadra Uad, etc. Al norte del río.
  • Darel Uadi → literalmente “casa del río”. Parece que por allí pasa la carretera P4704.
  • Sel Henchi
  • TabarrabutTabarabout, Tabarabot, Tebarabot. Junto al barranco Guarín.

También se señalan las Fuentes (Ain): Ain Beni Aros, Ain Boumet, Ain Kra, Ain Boumet, Ain Kra, que siguen existiendo hoy. En la cartografía moderna, las fuentes siguen apareciendo como puntos de agua o manantiales. Algunos manantiales están muy próximos entre sí, en un área muy concreta: la vertiente suroeste del Jebel Alam.

Zona: Ait Serif – Aonzar – valle del Uarar. Objetivo: localizar sobre el terreno el área aproximada del lote 30

  1. Punto de partida: Aonzar (Ounsar / Aounzar). Este es tu ancla moderna, porque es el único del que tenemos las coordenadas. Es el único topónimo del croquis que sigue existiendo con un nombre casi idéntico. Cuando llegues: sitúate en la parte alta del pueblo, mira hacia el oeste y suroeste, verás un valle amplio con laderas que bajan hacia un cauce estacional. Ese valle es el Uarar. Desde Aonzar ya tendrás una vista general del territorio donde estaban los lotes 27 y 30.
  2. Descenso hacia el valle del Uarar y reconocimiento del lote 30: Desde Aonzar toma la pista que baja hacia el oeste/suroeste. No debe estar señalizada, pero es la pista que baja hacia el valle más evidente. En el descenso verás: pequeñas agrupaciones de casas dispersas, zonas de cultivo en terrazas, y varios manantiales (las antiguas “Ain”). Estos caseríos corresponden a los antiguos Bou Dar Saf, Bou El Jer, Bou Gaarin, Bou Uad An Guaya, etc. No esperes encontrar los nombres: lo importante es la alineación a lo largo del valle, que coincide con el croquis.
  3. Cruzar el cauce del Uarar. Cuando llegues al fondo del valle: busca el punto donde el cauce es más ancho, suele haber huellas de paso de ganado, y tal vez un pequeño puente o vado. Ese tramo coincide con el borde oriental del lote 30. Si miras hacia arriba, hacia la ladera occidental, verás barrancos profundos que bajan en diagonal, laderas con pendiente media, y zonas de matorral y encina. Esa ladera es el lote 30.
  4. Ascenso parcial por la ladera occidental (interior del lote 30). No hace falta subir mucho. Con caminar 10–15 minutos por la ladera ya verás la forma del barranco que separa los lotes 27 y 30, la pendiente característica del terreno, y la estructura de vaguadas que aparece en tu croquis. Aquí es donde más sentiréis que estáis dentro del mapa de vuestro bisabuelo.
  5. Mirador natural: borde superior del lote 30. Si te ves con fuerzas, sube un poco más hacia el norte. Desde una cota media podrás ver: el valle del Uarar abajo, Aonzar al fondo, y la alineación de aduares a lo largo del cauce. Esta vista coincide casi exactamente con la perspectiva desde la que los ingenieros forestales dibujaban los croquis.
  6. Regreso por la pista alta (zona del lote 27). Si continúas hacia el norte por la ladera, llegarás a una pista que recorre la parte alta del valle. Desde ahí podrás ver el barranco que separa los lotes 27 y 30, identificaréis la zona más quebrada del lote 27, y cerraréis mentalmente el triángulo de los 3 lotes. Luego puedes volver a Aonzar por la pista superior.
  7. Y finalmente, si aún tenéis tiempo y fuerzas, realizar el ascenso al morabito de Mulay Abdessalam.

Consejos prácticos para el día de campo: Lleva el croquis impreso: te servirá muchísimo. No busques coincidencias exactas de nombres: busca formas del terreno. El valle del Uarar es tu referencia principal. Aonzar es tu punto de partida y de retorno. Si dudas, pregunta por “Aounzar” o “Aonsar”: lo conocen todos. La gente local suele identificar los barrancos mejor que los nombres de aduares antiguos.

Qué sentiréis cuando estés allí: Cuando estéis en la ladera occidental del Uarar, mirando hacia Aonzar, veréis la misma pendiente, los mismos barrancos, la misma estructura de aduares dispersos y el mismo valle que aparece en el croquis de vuestro bisabuelo. No hará falta precisión milimétrica. El paisaje os hablará.

Si quieres vivir algo parecido al ambiente de entonces, la primavera sigue siendo el mejor momento, especialmente marzo y abril, cuando el monte está verde y los caminos son los mismos que hace 70 años. Sentirás el mismo olor a tierra húmeda, el mismo verde de las laderas, el mismo silencio profundo del valle, y la presencia del morabito en lo alto, como un faro.

Cuando estés en el valle del Uarar: mira las laderas, imagina las caravanas subiendo, piensa en las hogueras nocturnas, siente el silencio del monte, y recuerda que tu Bisabuelo caminó por allí. Estarás pisando un territorio que guarda memoria.

Cuando subas al morabito, estaréis caminando por los mismos senderos que usaban los habitantes de tus lotes, viendo el mismo horizonte que veía vuestro bisabuelo, entrando en el centro espiritual que daba sentido a toda la comarca, y cerrando un círculo que une memoria familiar, historia y paisaje.

Desde la cima del Jebel Alam, si miráis hacia el suroeste, verás: el valle del Uarar, las laderas del lote 30, la zona alta del lote 27, y, más lejos, la franja donde estaba el lote 20. Es un mirador natural sobre la vida de tu abuelo.

Espero ir yo al valle del Uarar, y cuando mire las laderas del lote 30, cuando suba hacia el morabito, haré fotos para documentar este texto, pero no voy a estar “visitando un sitio”, estaré en una escena que en cierta medida ya me pertenece, aunque no la recuerde ni con los ojos ni con mi memoria infantil, porque «yo, vuestro abuelo, ya estuve allí», al igual que vuestro bisabuelo y tatarabuelo. «Un maravilloso punto de encuentro familiar en Marruecos».



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