“Crecí viendo a cristianos, musulmanes, hebreos e hindús tratarse con respeto, cada uno rezando según su costumbre, mi madre me enseñó que la fe verdadera se demuestra en nuestra propia conducta y en cómo se trata al prójimo. Decía que sus oraciones suben por senderos diversos pero el cielo que las escucha es el mismo para todos y todas.”

En este croquis, los ingenieros incluyeron unos elementos fundamentales que tenían que cuidar con la máxima prudencia los concesionarios. Eran lugares muy especiales para la población indígena, que ellos, por supuesto, no debían permitir que se deterioraran ni se destruyera, e igualmente había que asegurar el paso a las gentes que lo fueran a visitar o venerar. En el gráfico, los señalaban con este símbolo:


Correspondían a morabitos o pequeñas zawiyas, algunos, dentro del lote 30. A mí me ha impactado este nuevo aprendizaje. Junto a cada símbolo indican su nombre, siempre anteponiendo la letra S de Sidi:
- Sidi Aamed Laaseri
- Sidi Ali Chu-li
- Sidi Al-lal Moryani
- Sidi Amarben
- Sidi Bucoba
- Sidi El Hasen Serif
- Sidi El Henchi
- Sidi Lahsen B. Aotman
- Sidi Mohmed Laaseri
- Sidi Muley Hamed
- Sidi Yhia Aotman.
No son lo mismo los morabitos que las zawiyas, pero en la práctica se entrelazan tanto que a veces parecen lo mismo, cada uno cumple una función dentro de la vida religiosa y social.
Un morabito (marabout) es la tumba de un santo local, un lugar de baraka (bendición), de peregrinación, de promesas y de protección. Es un santuario construido sobre la tumba de un hombre relevante para la comunidad, un walī (podría traducirse como Santo). Suele estar en un lugar elevado o aislado. En el Rif, los morabitos suelen ser puntos de referencia espiritual y geográfico.
Es un espacio de devoción popular, no necesariamente ligado a una escuela religiosa. La gente acude para pedir protección, salud, lluvia, seguridad en los viajes, etc. Puede ser muy humilde o monumental, como es el caso del de Mulay Abdeselam.
Una zawiya, en cambio, es una institución religiosa organizada, un centro de enseñanza religioso (Corán, derecho islámico, recitación), que también funciona como lugar de reunión de una cofradía sufí (ṭarīqa). Puede incluir alojamiento para peregrinos, cocina, biblioteca, patio. Tiene un sheij o maestro espiritual. Es un espacio de formación, transmisión y disciplina espiritual. Puede tener o no un santo enterrado allí.
No aparece en este croquis, pero en lo alto del monte, y muy cerca, se encontraba también el morabito de Mulay/Mouley Abdeselam, es el nombre de un personaje central del islam marroquí del siglo XII, considerado una persona sufí de respeto. Es uno de los morabitos más importantes de todo Marruecos. De ahí que le llamaran popularmente “el Monte Santo”. Mi madre me lo comentó en varias ocasiones, pero sin profundizar mucho sobre ello, yo no entendía ese concepto bien, pero el término se agarró con fuerza en mi memoria.
Este morabito se encontraba entre 4 y 7 km en línea recta, dependiendo de si estabas en el lote 20, el más cercano del macizo principal, el 27, que ocupa una zona de las laderas altas que miran al monte, o el 30, que está en la vertiente suroeste bajando hacia el valle del Uarar. Había una distancia para hacer una caminata larga a pie o un trayecto corto en los desplazamientos en Land Rover o en mula, como se hacían entonces.
En este recorrido por la zona, me queda claro que mi padre realizaba trabajos “literalmente” en las laderas del Monte Santo. Desde su cima, se podía distinguir perfectamente la zona de Aonzar y el valle del Uarar.
Un morabito puede convertirse en zawiya si se organiza una cofradía alrededor. El de Mulay Abdeselam es ambas cosas. Es morabito, porque allí está enterrado el santo. Es zawiya, porque su linaje espiritual (la tariqa de Mulay Abdeselam) organizó enseñanza, peregrinación y rituales. Por eso su santuario es tan poderoso: no es solo un lugar de tumba, sino un centro espiritual vivo.
En el Rif occidental, y especialmente en la comarca de Ait Serif, Mulay Abdeselam ibn Mashish no es solo un santo: “es el santo”. Su morabito en la cima del Jebel Alam es el corazón espiritual de toda la región. Pero lo importante no es solo el edificio, sino lo que significaba para la gente.
El morabito de Mulay Abdeselam era un refugio espiritual, un lugar de baraka, donde se realizaban invocaciones (duʿā’), promesas (nidr), pedir intercesión del santo (tawassul), recitación colectiva (dhikr), sacrificios de animales, reparto de comida, y sobre todo encuentros sociales, era un verdadero punto de protección para viajeros, pastores y familias enteras.

Allí se agradecían cosechas, y allí era mucho más fácil resolver disputas y sellar alianzas.
Los lotes 20, 27 y 30, adjudicados a mi padre estaban en la misma ladera, en el radio espiritual directo de este morabito. La gente de los aduares que aparecen en el croquis: Chadra, Alma, Bou Dar Saf, Bou Gaarin, Aonzar…, subían al santuario como parte de su vida normal, participaba en las peregrinaciones y vivía bajo la protección simbólica del santo. Mi padre y otros familiares que se buscaban la vida junto a él, trabajaron en un territorio donde este morabito era la brújula espiritual y social de sus habitantes.
Si el morabito era el corazón, la zawiya era el sistema circulatorio. En torno a ella se articulaban redes de hospitalidad, pactos entre tribus, mediaciones de conflictos, y la autoridad moral del santo.
La zawiya de Mulay Abdeselam era la institución que organizaba la gran peregrinación anual, enseñaba el Corán, transmitía la tradición sufí, acogía a los peregrinos y mantenía la disciplina espiritual.
La peregrinación a Mulay Abdeselam (la ziyāra) era un momento de encuentro entre tribus, intercambio de noticias, resolución de disputas, celebración colectiva, renovación espiritual.

Era el acontecimiento que lo unía todo: devoción, convivencia, pactos entre tribus, música, comida compartida y un profundo sentido de pertenencia.
Subían familias enteras, caravanas, jefes tribales, mujeres con niños, ancianos, jóvenes…
Y también subían los forestales que allí trabajaban. No era raro que un ingeniero o un guarda forestal acompañara a los habitantes de un aduar en la subida, o que fuera invitado a participar en la comida ritual.
Ellos aprendieron muy rápido que respetar el morabito era esencial, conocer las fechas de la peregrinación evitaba conflictos, y entender la baraka del santo facilitaba el trabajo con los aduares. No era solo geografía, era cosmología del territorio. La ziyāra a Mulay Abdeselam no es solo una peregrinación: es un latido colectivo que ha marcado durante siglos la vida de las tribus de Ait Serif, Beni Aros, Beni Mesguilda, Beni Hassan… y también la vida cotidiana de los forestales que trabajaban en esas montañas.
Los forestales, ingenieros, guardas y peones, sabían que el morabito de Mulay Abdeselam era el corazón espiritual de la región, y la zawiya tenía influencia real en los aduares, y cualquier intervención en el monte debía hacerse sin ofender sensibilidades. Por eso, aunque no fueran musulmanes, mostraban respeto al santo: no se trabajaba en la zona alta en días de peregrinación, no se cortaba leña cerca del santuario, y se evitaban conflictos en fechas sagradas.
Cuando había disputas por pastos, problemas con límites de lotes, incendios o tensiones entre aduares, la zawiya podía actuar como mediadora. Los forestales lo sabían y, en ocasiones, pedían consejo al muqaddam (responsable local de la cofradía).
En muchas ocasiones, los forestales eran invitados a tomar té, acogidos en casas de gente vinculada a la zawiya, acompañados por guías locales que conocían los senderos del monte. La zawiya era una red de hospitalidad. Y en un territorio duro, eso era oro.
No era raro que un forestal acompañara a un grupo local en la subida al morabito, sobre todo por curiosidad, por respeto, o porque era la mejor manera de entender el territorio humano donde trabajaban.
La subida se hacía por grupos familiares o tribales, siguiendo senderos que hoy siguen siendo visibles: desde Ait Serif, desde Beni Aros, desde Beni Hassan, desde la zona de Tazrout, desde los valles que rodean el Yebel (Jbel) Alam. Los caminos eran estrechos, pero estaban tan usados que parecían arterias vivas del monte.
subían por la vertiente suroeste, la misma que me gustaría recorrer si consigo viajar al valle del Uarar.
Los habitantes de los lotes 20, 27 y 30 estaban en el radio directo de la peregrinación. Subían juntos o en grupos desde los aduares del valle del Uarar, siguiendo los senderos que cruzan las laderas donde trabajaban.
La gran peregrinación anual a Mulay Abdeselam se celebra tradicionalmente en el mes de Shaʿbān (Shaaban), el mes anterior al Ramadán. No tiene un día fijo en nuestro calendario porque sigue el calendario lunar, pero suele caer entre marzo y mayo del calendario gregoriano, dependiendo del año.
Es una peregrinación primaveral, cuando los pastos están verdes, los caminos son transitables y el clima permite subir sin riesgo.
Además de la gran ziyāra, había pequeñas peregrinaciones durante todo el año, especialmente en verano y en otoño, tras las cosechas, y también en momentos de necesidad (sequía, enfermedad, decisiones familiares). Pero la ziyāra de Shaʿbān era la que reunía a miles de personas.
Aunque no fuera parte de su tradición religiosa, mi padre trabajaba en un territorio donde el santo tenía una presencia constante, el morabito era visible desde muchas laderas, la zawiya era un centro de autoridad y la peregrinación marcaba el ritmo del año.
Es muy probable que él viera caravanas de peregrinos, hogueras nocturnas, grupos que recitaban (dhikr) y el movimiento ritual que llenaba el monte en esas fechas.
Muchas cosas que no comprendía, pero que llenaban de luz el día a día del valle.



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