“Cada día escribo un trozo de mi pasado para mis nietos y sobrino-nietos, para que conozcan sus raíces y sepan de dónde vienen. Al hacerlo descubro que la memoria es la dote que nos ofrece la vida y siento que con cada recuerdo devuelvo un poco de vida a quienes nos la dieron, es el poder secreto de la palabra. Solo así pueden seguir caminando a nuestro lado eternamente. ”
De este año no guardo ningún recuerdo consciente, tan solo breves retazos de mis conversaciones con mis padres y hermanos. Algunos, los he ido reconstruyendo y perfilando en nuestras conversaciones.
En mis fotos de pequeño, suelo aparecer rodeado de seres queridos, disfrutando de la vida y riendo con ellos, casi siempre tranquilo y contento. Siento que debí de tener una muy buena vida de chiquito.
En los primeros días de este año, mi madre, tras medio recuperarse del parto, me sacó a la calle por el barrio con mis hermanos mayores para tomar un poco el sol. Mi primer paseo por Tetuán. Se les ve disfrutar mientras me estimulaban con sus sonrisas y sus sonidos, muy pendientes de cualquier gesto que yo iba haciendo.

El carrito era realmente minúsculo y bajito, casi no cogía. Que poco iba a durarme. Seguramente sería un regalo de alguna de las amigas de mi madre, que ya no lo necesitaría.
Mari muestra un pañuelo cubriéndole el cabello, era usual en esos tiempos cuando iban a misa, y a veces para proteger el pelo del viento. Jose, trajeado, con chaqueta y pantalón corto, con 9 años, echo ya un dandi.

Mi familia disfrutaba con el paseo y yo tomaba mis primeros rayos del sol.
Viendo las fotos, me entran muchas ganas de volver allí, buscar estas calles y recreando ese instante congelado en ellas, sintiendo sus caras cerca de la mía.

En mi inconsciente puede que se hayan guardado todos esos momentos de disfrute con mis hermanos mayores, mi madre y las personas que me rodeaban. Lo que posiblemente haya influido de forma determinante en mi actitud optimista ante la vida.
Este primer año, lo pasé en la calle Candil número 5, allí me cuidaban y mimaban mi madre y Sodía, y por las tardes Mari Carmen y Jose Miguel.
Mi primer paseo por Beni Aaros. Mi padre decidió en esos días llevarme a mí y a mi madre al Monte Mulley Aselam, en Larache, donde trabajaba. Nos llevó en su Chevrolet.


En estas fotos, aparece mi padre con esa pose señorial que tanto le gustaba, mostrando a su espalda “sus pertenencias”. Henchido de orgullo por los logros conseguidos. Él lo consideraba su momento de mayor riqueza y de mejor consideración social, su momento de esplendor.
«Quiero que salga el Chevrolet», le debió de decir al espontáneo que hizo la foto, que posiblemente sería mi tío Roque.
Mi madre, me tenía en brazos con dificultad por el volumen que yo ocupaba, pero con alegría en su rostro, me apretaba entre sus brazos con fuerza.

Por allí pasaban los trabajadores españoles y marroquíes felicitando a mi madre, las emociones llenarían el ambiente, mi madre con una leve y tímida inclinación de cabeza se lo agradecería a cada uno.
Durante este curso, a Jose Miguel no le fue bien en el colegio del Pilar, por lo que tuvo que dejarlo. Lo pasaron a la Academia la General que estaba en la Avenida de España, posteriormente de Mohamed V, junto a la Plaza Primo de Rivera. Allí trabajaba Ignacio Navarro Alcaraz, que un año después se convertiría en marido de Loli Marchante, del grupo de amistades de mi madre. Estuvo allí parte del curso, pero no pudo terminar primero.
Mientras, en un pueblo de la sierra de Córdoba llamado Ovejo, nació Emilio Bernal López, el 27 de febrero. Con el tiempo conocería a mi hermana Luisa Fernanda con la que se casaría.
Mi tía segunda, Carmen Fernández Corrales, que vivía en Ubrique dio a luz el 12 de marzo a Concepción Pino Fernández.

Mi abuela Paula, con 61 años, trabajando en su estanco mañana y tarde, a su lado, su compañera en el día a día, mi tía Luisa, con 35.

España que había iniciado en 1953 una etapa de desarrollo económico en agricultura, industria y comercio, no consiguió controlar este desarrollo lo que provocó una creciente inflación que se inició este año y seguiría en los venideros.
En esos días, en las calles de Tetuán, Rabat o Casablanca se respiraba una mezcla de expectación, cansancio colonial y un rumor creciente de nuevo futuro.
El protectorado vivía una especie de crepúsculo inquieto donde apenas quedaba luz suficiente para seguir fingiendo que nada cambiaba.

Los cafés seguían llenos, los mercados seguían abriendo, los funcionarios seguían sellando papeles… pero todo eso ocurría bajo la sombra de una vibración nueva.


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