«Me conmovía ver a las personas tan alegres y emocionadas, pero me sentía extraña, fuera de lugar, aunque también tranquila, como si este monte, que no es mío, me aceptara por un momento. Le pedí a Dios que el buen momento que vivíamos continuara, que tú crecieras sano y que la vida te sonría».
Francisco Manuel Fernández Merino – Sevilla – 4 de marzo de 2026
Entre las fotos de que dispongo, encontré algunas de mi segunda visita al valle del Ualar en abril de este año. ¿Qué hacía yo allí, en medio del monte, por segunda vez?
Mi padre, un hombre joven, trabajando lejos de su tierra, en un territorio duro y hermoso, empezaba a cumplir sus sueños, y aunque mi madre ya conocía los montes, él quería mostrárnoslo en ese momento del año en que se convertía en el corazón espiritual de la población marroquí.


Ese momento vital y vibrante era la peregrinación al morabito y la zawiya de Mulay Abdeselam, la gran ziyāra.
Indagando sobre esta tradición descubro que en ella no se fija un día único, pero sí un periodo, aunque el día más grande se celebraba alrededor del día 15 del mes de Shaʿbān, y continuaba con visitas menores durante todo el mes.
Esta fecha pasada al calendario gregoriano situaría el punto álgido de la peregrinación alrededor del 6 de abril, que podría ser el día elegido por mi padre para acercarnos al entorno del santo.
Tal vez el evento le recordara las romerías que había vivido en el entorno de Chiclana o en el de Ubrique, o tal vez fue mi nacimiento, la continua enfermedad de mi madre y la incertidumbre que generaban los acontecimientos que se estaban viviendo para promover el nacimiento de la nación marroquí, lo que le llevó a pensar en llevarnos allí en ese día.
Llevar a su familia allí significaba compartir algo que él veía todos los días desde las laderas, y, sí, quizá también pedir un poco de protección para los suyos. Quería que mi madre entendiera la vida de los aduares donde él trabajaba, y sí, quizá también pensara que un poco de baraka para su nuevo hijo nunca estaba de más. Podría entenderse como un gesto lleno de cariño, de pertenencia y de orgullo.
En la tradición rifeña: los niños pequeños eran llevados al morabito para “abrirles el camino”, se pedía protección para su vida futura y se hacía una pequeña oración por su salud y su destino. Y quizá, solo quizá, pensó: “Si hay un sitio donde pedir que a este niño le vaya bien, es aquí”. No hace falta creer en milagros para entender ese gesto.
Podría pensarse que la tensión política ocasionada entre los movimientos independentistas y las autoridades españolas y francesas, podrían alterar y agitar este acontecimiento, pero en la peregrinación a este morabito el ambiente siempre era profundamente comunitario, ritual y protegido.
Marruecos estaba entrando en la fase final del Protectorado. Había manifestaciones en las ciudades de Tetuán, Larache, Tánger, Alcazarquivir, y en las zonas de mayor densidad urbana, con presencia de grupos nacionalistas, tensiones entre las autoridades y la población urbana. Pero esto afectaba sobre todo a las ciudades
El Rif occidental rural y especialmente la comarca de Ait Serif, vivía la política de otra manera: más lenta, más filtrada, más ligada a estructuras tribales y religiosas. La peregrinación al morabito era un “espacio protegido”, la ziyāra de Mulay Abdeselam era un territorio sagrado, y por tanto neutral.
Incluso en años de tensión no se permitían conflictos y no se hablaba de política en voz alta. Las tribus mantenían treguas y la zawiya actuaba como garante de paz. La baraka del santo tenía un peso social real. Era un espacio donde la comunidad se reunía por encima de las divisiones, era un momento de unidad, no de conflicto.
En los aduares del valle del Uarar la vida seguía su ritmo: agricultura, pastoreo, relaciones entre familias, preparación para la peregrinación. La política nacional era algo lejano, casi abstracto. Lo que sí se notaba era: más conversación en los cafés, rumores que llegaban desde Tetuán, cierta inquietud en los jóvenes, y más presencia de autoridades en las pistas principales.
Los forestales del Protectorado estaban en una posición muy particular. Eran funcionarios, trabajaban en zonas remotas, dependían de la colaboración de los aduares, y conocían bien la sensibilidad local. También evitaban intervenir en disputas políticas, mantenían relaciones de respeto con la zawiya, y seguían realizando su trabajo con normalidad.
Mi padre, que conocía bien el terreno, tenía claro que llevarnos en esas fechas no implicaba riesgo. Yo era un bebezote de 3 meses y medio y dudo que si hubiera percibido algún peligro nos hubiera llevado allí.
La peregrinación era un acontecimiento que transformaba el ritmo del valle durante días. No era solo religión: era sociabilidad, identidad, economía, paisaje y emoción.
Esos días primaverales entre marzo y abril de ese año habría sido un momento de máxima actividad humana y espiritual en esas montañas. Durante esos días los que se mantenían en los montes en los lotes 20, 27 o 30 habrían visto grupos de peregrinos cruzando las laderas, hogueras nocturnas en los altos, caravanas de familias subiendo por los senderos y un movimiento extraordinario en los aduares del valle del Uarar. Para alguien que trabajaba en Ait Serif, el morabito no era solo un lugar religioso: era el centro simbólico del territorio.
El monte estaría verde, los caminos llenos de gente, los aduares en movimiento, y el morabito de Mulay Abdeselam era un imán espiritual. No es descabellado pensar que mi padre quisiera que mi madre viera la montaña en su momento más vivo. Y mostrarle el morabito tiene todo el sentido del mundo.
Los días previos, mi padre estuvo repetidamente en los montes, supervisando todo para que no hubiera problemas, pero también, preparando a su gente para nuestra visita.
En los aduares del Uarar, él percibía la llegada de Shaʿbān, las mujeres limpiaban las casas y preparaban pan para el camino, los hombres revisaban las mulas, los jóvenes recogían leña para las hogueras de la subida, los niños corrían excitados porque era un acontecimiento anual, los ancianos hablaban del santo y de peregrinaciones pasadas.
Era un ambiente de expectación tranquila, y mi padre, trabajando en esas laderas, vería ese movimiento desde dentro.
El día señalado, 6 de abril, se levantaron muy temprano, mi madre tenía todo preparado para mí, la ropa de mi padre, bien planchadita y la suya, y me fue vistiendo, cuidando los detalles al máximo. Mi padre nos condujo en su Chevrolet hasta el valle. El viaje fue un trayecto de unos 60 km desde Tetuán, pero en el que se tardaba bastante más de una hora y media por una carretera complicada por la que te encontrabas gente con mulas o carros constantemente.
Nos condujo hasta el lugar del monte donde se recogían y almacenaban los productos, allí estaba su hermano Roque con el Land Rover que utilizaba y algunos primos que trabajaban en la explotación.
Se veía a las gentes subir desde los aduares del Uarar. Desde Chadra, Alma, Bou Dar Saf, Bou El Jer, Bou Gaarin, Aonzar…

Formaban pequeñas caravanas familiares. La subida se hacía por los senderos que ascienden desde el valle hacia las laderas del lote 30 y luego hacia las zonas altas del lote 27. Era un movimiento continuo, como un río humano que subía hacia el monte del santo.
Mi tío Roque les comentaría que no había una hora fija para iniciar la marcha, cada grupo empezaban el recorrido cuando estaban listos: algunos al amanecer, otros a media mañana, otros por la tarde para intentar dormir en los altos.
Les contó que el día antes estuvo allí hasta que oscureció y que desde los lotes 27 y 30, se veían las hogueras como puntos de luz en los collados, ya que muchos grupos dormían en las laderas antes de llegar al santuario. Él se había acercado a saludarles y le envolvió el olor a té y pan recién hecho, los rezos del dhikr (invocaciones rítmicas), las historias contadas por los mayores, y los niños que se dormían en brazos de sus madres, jóvenes que aprovechaban para conocerse entre tribus.
Mi padre aprovechó para que nos hicieran unas fotos de ese día delante del corcho apilado. Él posaba orgulloso y mi madre con timidez y naturalidad.

Por detrás, las muestras del corcho, tan valorado en esos años, eran muestra de riqueza.

En la foto con Pepe, su contable, un comandante retirado, amigo de la familia de la señora Presenta.
Alguno de sus familiares de Cortes, Jimena o Ronda, habían y que se habían traído a sus familias a la zona, también estaban preparados para hacer el recorrido.
Esta foto muestra el cuidado que todos ponían en su vestir para un momento tan relevante para la comunidad en la que estaban conviviendo.
Es simpática la distribución de los chicos por estaturas.

Para los marroquíes del Uarar, la peregrinación era un acto de fe, un momento de comunidad y un pequeño descanso de los trabajos diarios, que eran muchos.
Era también un momento para: comprar y vender, intercambiar noticias, buscar alianzas matrimoniales, renovar lazos entre aduares. La subida al santo era el gran acontecimiento del año.
Él conocía la existencia de una pista de acceso que subía desde la zona de Tazrout hacia el Jebel Alam. Era estrecha, de tierra, apta para todoterrenos ligeros, camiones pequeños, y los famosos “coches del Servicio Forestal”, había pedido permiso a los forestales, que se lo habían dado. No llegaba hasta la cima, la subida final debía hacerse caminando, como gesto de respeto.
Por ella nos subió mi tío Roque con su Land Rover, pudo acercarnos bastante, hasta una zona de collados donde se dejaban los vehículos. Es muy probable que allí estuvieran unos momentos para que mi madre apreciara el maravilloso paisaje que desde allí se podía observar. Tanto si miraba hacia el valle, como si lo hacía al santuario y al camino, se apreciaba la vida de la montaña en su momento más esplendor.
Y también es posible que el último tramo, andando, me llevara mi padre en brazos. Al llegar cerca del santuario, la escena era intensa. Miles de personas, animales atados en los alrededores, vendedores de comida, familias que se reencontraban, hombres recitando, mujeres haciendo promesas, ancianos llorando de emoción, jóvenes subiendose a las rocas para ver mejor. Delante del mausoleo, el moussem se preparaba para realizar un acto ceremonial.


La baraka del santo se sentía como una presencia real.
Mis padres no nos contaron nunca esos rituales de la zona, tal vez mi hermano Jose Miguel los conociera porque seguro que fue algunas veces con mi padre allí.
Mi madre era muy dada a escribir en hojas sueltas algunos de sus pensamientos y acontecimientos familiares.
Algunas veces eran relatos muy cortos y otras, pequeñas poesías que en general escribía para ella y donde mostraba su estado de ánimo. Me los fue ofreciendo en los momentos en que empezó a perder la memoria, le gustaba que le leyera alguno de esos textos, y lo que yo iba escribiendo. Mirar las fotos y reconocer a sus amistades le iluminaba la cara y le despertaba la memoria.
Yo no he encontrado en la documentación recopilada ningún relato sobre esa visita. Lo que vivieron ese día fue un episodio familiar, íntimo, humano y no me resisto a recrearlo poniéndome en su lugar, dialogando y construyéndolo con la inteligencia artificial. Ese posible texto que mi madre podría haber escrito para mí, podría haber sido este:
“Ait Serif, 7 de abril de 1955”
No sé muy bien por qué he aceptado ir hasta allí, a esas montañas que parecen no terminar nunca. Tu padre decía que quería enseñarme su mundo, como si el mío no fuera suficiente. Pero lo miraba mientras nos conducía tu tío Roque por esos caminos de tierra, y lo sentía con esa mezcla de seguridad y entusiasmo que solo tiene cuando habla de su trabajo, y no puedo negarle nada.
Te llevamos con nosotros, aunque eres tan pequeño que parece imposible que puedas recordar nada de esto. Pero en la vida a veces lo importante no es recordar, basta con haber estado.
El camino subía y bajaba como si quisiera probarnos. A un lado, barrancos profundos; al otro, laderas verdes que se abren hacia un valle donde se ven algunas casas dispersas, a veces escondidas entre los árboles. Tu padre fue diciendo los nombres: Chadra, Alma, Aonzar… Los pronuncia con cariño, como si fueran viejos conocidos. Yo los fui repitiendo, pero me es difícil recordarlos.
Hay algo en el ambiente que no sé explicar, la gente caminaba por los senderos, familias enteras, mujeres con niños a la espalda, hombres guiando mulas cargadas. Todos suben hacia un mismo lugar, hacia lo alto de la montaña. Le pregunto y él me dice que es la época de la peregrinación al santuario del santo Mulay Abdeselam. Lo dice con respeto, aunque no sea de su fe. Yo tampoco lo soy, pero siento que aquí la fe es otra cosa, más antigua, más pegada a la tierra.
Paramos en un collado donde acababa la pista. El aire es fresco y huele a hierba húmeda. Desde aquí se ve el valle entero, como si lo hubieran desplegado para nosotros. Tu padre me señaló las laderas donde trabaja, los lotes, los barrancos. Habla de ellos como si fueran parte de su familia. Y me doy cuenta de que lo son.
Subimos un poco más a pie. Él te llevaba en brazos, con mucho cuidado y con una ternura que me desarmaba. Decía que quería que “vieras el monte”, aunque yo sé que lo que quería es algo más: que este lugar te tocara, aunque sea sin palabras. Que te proteja, quizá. No lo dice, pero lo intuyo. Y ¡ojalá que así sea!
Llegamos a un punto desde el que se ve, en lo alto, el santuario blanco, el mausoleo y el árbol sagrado. No subimos hasta arriba; dice que es mejor dejarlo para otro día, sin tanta gente. Pero nos quedamos un rato mirando. La gente sigue pasando, algunos cantan, otros rezan en voz baja. Yo no entiendo sus palabras, pero sí reconozco su intención. Tu padre te señalaba el lugar con su mano para que tú lo miraras, pero los cantos y las voces te interesaban mucho más. Él se quedó mirando el lugar con intensidad, trasladándole sus deseos.
Me conmovía ver a las personas tan alegres y emocionadas, pero me sentía extraña, fuera de lugar, aunque también tranquila, como si este monte, que no es mío, me aceptara por un momento. Le pedí a Dios que el buen momento que vivíamos continuara, que tú crecieras sano y que la vida te sonría.
Cuando volvimos al coche, al ponerte en mis brazos, tu padre me miró y sonrió. No dijo nada, pero sé que está contento. Y mientras bajamos por la pista, contigo dormido en mis brazos, pensé que quizá tenía razón: hay lugares que uno debe ver, aunque no los entienda del todo.
Quizá algún día, cuando seas mayor, te cuente esta visita. O quizá no, se vaya a perder el encanto y no se cumplan los buenos deseos allí expresados. Algunas cosas se guardan mejor en silencio, como un pequeño tesoro que solo se abre cuando hace falta. Pero hoy, aquí, en estas montañas que parecen tocar el cielo, he sentido algo que se ha quedado dentro de mí. Algo que no sé nombrar, pero que sé que recordaré siempre.
Carmen Merino.



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