Francisco Manuel Fernández Merino – 13 de enero de 2026
“Nacer en Tetuán significa mantenerte conectado con una ciudad llena de culturas y tradiciones diferentes, relacionarte con personajes distintos, valiosos, sensatos, cultos e incultos, y vivir experiencias únicas entrelazadas entre la riqueza y la pobreza, donde no tenías muchas cosas, pero disfrutabas mucho con lo que te rodeaba; nacer en Tetuán, me dio la oportunidad de sentirme especial”.
Finalizando el año 54, cumpliéndose los 9 meses de maduración en la “barrica” de mi madre, ya me veía con ganas de ir saliendo y empecé a moverme con dificultad, porque realmente estaba algo gordito y no creáis que tenía mucho espacio para ello.
(Imagen recreada con Copilot)

Ella lo notaba, sentía a veces que daba alguna patadita o presionaba hacia afuera en algún lugar para hacerme sitio, entonces ponía su mano sobre el pequeño abultamiento y me acariciaba a través de la piel, calmando mis impulsos.
Su cuerpo se daba cuenta de la necesidad de evacuar ese suave producto y de vez en cuando la avisaba con contracciones irregulares, ya había tenido 2 hijos, pero cada vez era como un empezar de nuevo, la barriga se le endurecía como una piedra, ella sentía la presión y las molestias, sabía que el momento clave iba a llegar pronto.
Cambiaba de postura para aliviar las molestias. No tenía prisa, deseaba que mi cuerpo saliera habiendo cerrado todas sus heridas y completamente sano, pero cada día que pasaba aumentaba su deseo de tenerme entre sus brazos.
El día después de Navidad, un domingo 26 de diciembre que amaneció frío y luminoso, como suelen ser los inviernos tetuaníes, el número 360 del año en el calendario Gregoriano, durante la madrugada, con la luna en cuarto creciente y situada en Capricornio, las contracciones empezaron a tener cierta regularidad, cada vez eran algo más frecuentes, por lo que al amanecer mi padre llamó por la ventana de la cocina que daba al patio interior del edificio, a una vecina y amiga de mi madre, Coral Rojano, cogió los bártulos que ella tenía preparados y cogiéndola del brazo, bajaron las escaleras hasta el portal, donde estaba Coral ya esperando.
Salieron a la calle Candil y la llevó en el coche hacia el hospital, era aún muy temprano, al recorrer la calle, mi madre abrió un poco la ventana del coche, por momentos le costaba respirar, la intensidad de cada contracción aumentaba y su duración también, la brisa que entraba la despejaba y tranquilizaba.
Iba mirando al frente observando el paisaje, la humedad del Atlántico y del Rif había dejado un velo suave sobre los tejados de las casas del barrio Málaga y las montañas se veían con nitidez, parecían más cercanas que de costumbre.
En las calles, aún silenciosas, se mezclaban los olores de la mañana al desperezarse el día. La Navidad había dejado en calma la ciudad y al ser festivo, la calle mostraba un ritmo mucho más leve que de costumbre.
Mi padre conducía despacio y mi madre iba preocupada por poder llegar al hospital a tiempo, aunque se mostrara tranquila. Cuando una nueva contracción llegaba, apretaba la mano de su amiga, que le mostraba su apoyo y la animaba a respirar profundamente y a mantener la calma.
Pronto llegaron al Hospital Civil Saniat Ramel, era un edificio blanco, funcional, con patios interiores y corredores amplios, era uno de los centros sanitarios más importantes del Protectorado español, lo que les generaba tranquilidad, ya que según decían, estaba bien dotado, con médicos y enfermeras españolas y marroquíes.

Mis hermanos mayores habían nacido en casa de mi abuela Paula, donde acudió la comadrona, a la que ayudaron las mujeres que allí estuvieron. Para muchas mujeres ir al hospital hubiera sido una experiencia nueva, pero ella, por su enfermedad, estaba muy acostumbrada a estos ambientes sanitarios.
En esos días, con las fiestas navideñas se veía reducido el movimiento, y todo se encontraba ordenado con la disciplina típica de la administración sanitaria del Protectorado.
En la maternidad, las enfermeras (muchas de ellas jóvenes peninsulares destinadas a Marruecos con ansias de aprender y ayudar) hablaban en voz baja. El ambiente era cálido, casi familiar, la acogida a mi madre la llenó de seguridad.
La comadrona llegó al instante, se la veía enérgica y segura de sí misma, e inmediatamente empezó a revisar a mi madre y organizar el proceso a seguir.
Entre los sonidos de mi madre en su esfuerzo por ayudarme a salir de su barriga, las palabras de la comadrona guiando el proceso y las de ánimo de sus ayudantes, que no paraban de jalearla, a las 10 de la mañana salí como pude, ayudado con algún tironcito que alguna mano realizaba con mucho tiento y suavidad, el aire inundó mis pulmones y mi voz resonó en un llanto poderoso que desbordaba la habitación y retumbaba en todo el hospital. Fue realmente muy difícil y estresante salir por ese camino tan angosto y yo necesitaba que todo el mundo supiera lo que había pasado.
Una enfermera me cogió y limpio con un paño húmedo las sustancias viscosas que se habían pegado a mi piel por el camino, lo hacía con agilidad, manipulando mi cuerpo con rapidez para vestirme lo antes posible y que no cogiera frío, allí no había calefacciones ni cosas parecidas.
La comadrona le fue dando un repasito a mi madre, valorando los efectos secundarios de este proceso, y después se levantó y me dio otro repaso a mí. Viendo que todo estaba bien, me cogió entre sus brazos y me puso entre los pechos de mi madre. Debí de sentir su corazón latiendo bajo mi cuerpo, sus palabras demostraban alegría y las risas aparecieron en todas las personas que allí estaban.
Seguro que yo las escuchaba, no entendía nada, pero sentía a todo el mundo a mi alrededor, intenté mover la cabeza y levantarla, pero solo pude voltearla un poquito, intenté abrir los ojos, pero permanecieron pegados. Con mucho empeño y esfuerzo, conseguí abrirlos ligeramente y entonces la luz inundó mis ojos, me molestaba levemente, pero me gustó sentir la claridad. Me pesaban los párpados y se cerraban, alguien se puso delante de mí diciéndome palabras cariñosas, suaves y cantarinas, intentando motivarme a enseñarle mis ojos, era lo que necesitaba y al fin, utilizando todo mi arrojo, pude ver su cara sonriente.
Otra enfermera me envolvió en una manta blanca gruesa, de algodón, típica de los hospitales españoles del Protectorado, y me volvió a dejar acurrucado en el sobaco de mi madre que me envolvió con su largo brazo.
La matrona cerró el proceso con un mensaje claro: “Enhorabuena, señora, es un niño fuerte”. Era la fórmula habitual.
Mi madre estaba satisfecha, el miedo en estos procesos le había desaparecido, el esfuerzo había sido titánico, allí no había habido anestesias, había habido mucho dolor y mucho cansancio, pero al verme tan bien y a todo el mundo tan contento desaparecieron todos sus malestares y todas las sombras que la habían rodeado durante el alumbramiento.
En la sala de maternidad me colocaron en una cuna metálica, con un colchón fino. A mi madre, que no había desayunado ni cenado la noche anterior, le dieron a elegir entre un caldo, vaso de leche o café con leche, según la costumbre hospitalaria española allí.
Una enfermera estuvo anotando en un libro grande de tapas duras mi nombre, peso: 5 kilos y cuarto, día y la hora de mi nacimiento: las 10, así como las incidencias que surgieron.
Se lo dijeron inmediatamente a mi padre y a la amiga de mi madre, que entraron poco después. Él con esa mezcla de orgullo y nerviosismo tan típica de su carácter en estas situaciones, se acercó a verme, me tocó con un dedo, orgulloso del nuevo hijo. Luego dió un beso de agradecimiento en la frente a mi madre. Preguntó si se tenía que quedar ingresada o podía irse y acto seguido, se fue emocionado a contárselo a mis hermanos y vecinos, para después empezar a festejarlo con sus conocidos y amigos. Mi madre tenía 33 años y mi padre 37.
Nuestra vecina dejó hacer a mi padre y luego se acercó a mi madre, la besó y le cogió las manos con fuerzo, le dijo: “todo terminó ya, ¿estás contenta no?” Mi madre asintió emocionada y con ganas de llorar de alegría. Estuvieron hablando largo rato sobre todo lo vivido en este nuevo parto.
Las enfermeras pasaban de vez en cuando para darnos un vistazo y preguntar cómo iba todo.
Mis sentidos, con todos los estímulos que recibía, se fueron despertando poco a poco, pronto me colocaron para que mi madre me diera su leche, todo fue muy bien y la calma inundó la habitación, solo entonces todos pudimos descansar profundamente.
Tuvimos que quedarnos en el hospital un tiempo para asegurar el buen resultado del parto. Durante ese tiempo nos acompañaba el tintineo metálico de los carros de instrumental, los pasos de la gente que iba y venía, el olor a desinfectante de la ropa recién hervida y todo adobado con la mezcla de español y árabe que se escuchaba alrededor. Un nuevo mundo que descubrir. Fueron viniendo a vernos sus buenas amigas y vecinas, que se turnaban para ayudarla y entretenerla. Hicieron planes para después de su vuelta.
Desde la ventana de la habitación del hospital, mi madre, cuando pudo ponerse en pie, observaba el escaso tráfico de esos días, el cielo limpio sobre el Rif, y al atardecer contemplaba las luces amarillas del Ensanche, sintiendo el silencio profundo de una ciudad, Tetuán, que vivía entre dos mundos que se recogían temprano durante el invierno.

Yo, recién llegado al mundo de la luz, dormía gran parte de las primeras horas de mi vida fuera del útero materno, sin saber que nacía en un lugar y en un momento irrepetibles: una ciudad española y marroquí a la vez, en los últimos años de un Protectorado que estaba a punto de desaparecer.
Una ciudad española en “El Ensanche”, con calles rectas, edificios blancos, plazas amplias, comercios con rótulos en castellano, cafés, cines, colegio público y también religiosos (El Pilar, las monjas), cuarteles, el hospital donde nací y muchas personas: funcionarios, maestros, militares, guardias civiles, comerciantes y familias jóvenes españolas.
Una ciudad árabe en “La Medina”, con sus zocos con sus tiendas y tenderetes, mezquitas con sus alminares desde donde el almuédano o muecín llama a la oración (adhán) cinco veces al día, zawiyas (centro religioso, espacio de enseñanza, núcleo de vida social, lugar de retiro espiritual), patios interiores, muchos artesanos de muy variadas habilidades manuales y técnicas, y donde la vida comunitaria se muestra muy rica e intensa, llena de olores, sabores y sonidos, ritmos tradicionales y las estructuras familiares son muy sólidas.
Ambas ciudades convivían, se mezclaban, se influían, … pero seguían siendo 2 universos paralelos.
Unos días antes, mis padres habían decidido que me pondrían por nombre “Francisco Manuel”, Francisco por mi tía Francisca, hermana de mi padre, que vivía en Chiclana de la Frontera y Manuel por mi tío Manuel, que mataron unos descerebrados al iniciarse la guerra civil cerca del Pardo, en Madrid.
El martes 28, el médico nos volvió a revisar y decidió que ya podíamos irnos; avisaron a mi padre y éste vino con su cochazo a recogernos.
Las enfermeras ayudaron a mi madre a vestirme con la ropa que ella había preparado para la ocasión: camiseta interior de algodón, un faldón de tejido fino y muy largo para abrigarme, con puntillas en mangas y cuello, muy delicadas, cosidas en los bordes de la prenda. Después me pusieron un gorrito y me cubrieron completamente con una mantita gruesa de lana para protegerme del frío.
En aquellos tiempos la mayoría de la población española nacía en sus casas y el parto hospitalario era minoritario y solo se reservaba para complicaciones o clases acomodadas. La mortandad en esos nacimientos caseros era ciertamente alta. Tetuán mostraba avances en cuanto a su modernidad y también en este aspecto, para eso era la capital del territorio del Protectorado Español. Y yo tuve esa suerte, porque el parto debió ser muy complicado por el tamaño con el que nací.
En este año nacieron en España 577.886 personas, 295 mil niños y 282 mil niñas. Había empezado el periodo llamado Baby Boom español.
Desgraciadamente, ese año murieron antes de cumplir el primer año de vida, 35.510 menores. Una mortalidad infantil altísima comparada con el resto de la Europa occidental de esa época.
Llegando al coche, me hicieron algunas fotos para el recuerdo, mi madre luce su sonrisa y su alegría.
El hospital estaba a las afueras del Ensanche, así que el trayecto hasta la calle Candil fue corto, aunque simbólico: mi primer viaje desde ese Hospital al barrio y al que sería mi hogar, donde pasaría mis primeros años de vida.


Mi padre cogió la carretera principal hacia el Ensanche, una calle recta con árboles jóvenes, pasamos por zonas residenciales tranquilas, con mujeres marroquíes cargadas con cestas, regresando de hacer sus mandados en el mercado o en el zoco, y también algunos soldados de reemplazo caminando hacia los cuarteles cercanos o paseando en amigable charla buscando el sol.
Mi madre observó que la ciudad seguía su vida, los cafés se mostraban llenos de gente, los niños jugaban por las calles, sin colegio esos días.
Desde las mezquitas se llamaba a la oración con la cadencia habitual. Las mujeres marroquíes volvían a sus casas con su pan caliente recién hecho en los hornos comunales. Los artesanos retomaban su actividad tras el Aid al-Milad (Navidad cristiana), que siempre observaban con curiosidad.
Llegamos al barrio Málaga, modesto, ordenado, muy español, con mezcla de familias trabajadoras, militares y funcionarios; con sus casas de una o dos plantas; fachadas encaladas, ventanas con rejas sencillas, puertas de madera pintadas, y multitud de vecinos que se conocían todos.
Todo fue un poco apoteósico, mi padre, al llegar, tocó el claxon varias veces para llamar la atención de mis dos hermanos que estaban en el portal de la casa y que salieron corriendo cuando vieron el coche. Jose Miguel, con 9 años, gritaba “¡Ya están aquí!”, mientras, raudo como una centella, abría la puerta del lado de mi madre. Mari Carmen, con 11, se echaba encima de ella, requiriendo: “a ver el niño”, “qué carita tiene”, y alargando sus brazos hacia mí.
Allí estaban también las amigas y vecinas de mi madre, todas emocionadas y queriendo cogerme en brazos, comentando lo grande y guapo que era, abrazando a mi madre con cariño y pendientes de ayudarla en todo lo que vieran que podía necesitar.
Las hijas de nuestro vecino más próximo, marroquíes que habían salido a la calle también, se acercaron ensimismadas por este nuevo nacimiento, su madre que salió al escuchar el pequeño jaleillo que se formó, se acercó también y dijo a mi madre “Mabrouk, señora”, era la forma en que decían felicidades, enhorabuena, pero con un matiz añadido de deseo de que lo recibido sea próspero y afortunado. Era su forma de compartir la alegría, de reconocer un momento vital para otra familia.
En un Tetuán donde convivían españoles, musulmanes, judíos y sefardíes, y gentes de otros países europeos, “mabrouk” era una palabra puente. Mi madre contestaría con un “muchas gracias, que Dios te bendiga a ti y a tu familia” (“Allah ybarek fik” hubiera sido esa respuesta en marroquí).
Para mi madre, fue un regreso cálido, comunitario, muy de esa época. Tras entrar en la casa, pasaron también sus amigas, y mientras mi madre se sentaba en una silla conmigo en brazos, mis hermanos me rodearon y no paraban de toquetearme los mofletes; mi padre se puso a la tarea de encender el brasero con cisco en el saloncito, estaba fresco el día.
Las vecinas trasladaron allí el moisés y lo prepararon con mimo para que mi madre me colocara en él, tenía los ojos muy abiertos, pero allí, junto al calorcito y bien abrigado, me fui quedando nuevamente dormido. Entre todas prepararon un aperitivo con té moruno y unas pastas que alguien había preparado con mucho cariño para la ocasión.
En Tetuán, en esa época, las noticias corrían más rápido que los periódicos y en los días siguientes, mi madre estuvo recibiendo visitas y convidando a los llegados, que traían algún pequeño regalo para mí o para facilitarle la vida a ella.
En esos días, el Diario África llevaba en portada noticias sobre España y sobre la situación internacional, pero no incluía nada de la tensión creciente que generaba la falta de respuestas del gobierno español a las demandas independentistas marroquíes.
Mi madre, a pesar del esfuerzo realizado, como entendía, por su religiosidad, que era fundamental realizar el rito del bautismo lo antes posible, se puso a organizarlo con el párroco de la Iglesia de San Antonio de Padua, que vino a la casa a vernos.
El bautismo era considerado un acto social y religioso central en la vida española del Protectorado. Para mi madre era un sacramento imprescindible para que un recién nacido pueda estar en paz con Dios, para mi padre era más bien mi presentación oficial a la comunidad.
Esta iglesia era de barrio, estaba en la calle San Antonio del Barrio Málaga, no era monumental como la de Nuestra Señora de las Victorias, situada en la actual plaza Mouley El Mehdi, por aquella época, plaza de Primo de Rivera. Su arquitectura era sencilla, funcional, típica de los templos levantados por los ingenieros militares y la Delegación de asuntos indígenas.
Mis padres acordaron que mis padrinos serían mi tío Miguel, que residía en El Pardo, en Madrid y la Marquesa de Bertemati, que residía en Jerez de la Frontera.

A mi tío se lo había comentado mi madre por carta y a la madrina, se lo comentó mi padre en unos de sus viajes a la península, según me dijo años después.
Y este último dato no me cuadra con la realidad. Mi padre me comentó muchas veces que mi madrina era la marquesa. Incluso en la boda de mi hermano Jose Miguel, a finales de los sesenta, en Jerez, llegó un coche y entonces conocí a la que debía ser la marquesa, mi padre me presentó como su ahijado. Además, este dato era verosímil porque él, junto a su padre que les trabajaba el campo, estuvieron viviendo en la finca de Campano propiedad de la Marquesa y ella lo tenía a él como un ahijado, al que dio escuela y ayudó en varios momentos difíciles de su vida.
Pero buscando información sobre ella, veo que murió el 21 de septiembre de 1953 a la edad de 101 años, en su finca de Campano, cerca de Chiclana. Y aún no he podido saber quién era entonces esa mujer que me presentó en Jerez y que debía tener relación con la marquesa.
Como mis padrinos no iban a estar en el bautizo, pensaron que mis hermanos Mari Carmen y Jose Miguel les sustituirían en la ceremonia del bautismo.
Fue el día 30 de diciembre, jueves, a las 7 de la tarde. Mi madre me preparó y vistió con mucho cuidado, con faldón blanco de batista con puntillas finas en cuello y mangas, capota y mantilla bordada. Además, puso en mis ropas con un imperdible una medallita del Ángel de la Guarda.
Ella se cubrió la cabeza y parte de los hombros con una mantilla de encaje corta, ligera y blanca de tul fino.
Era la moda “obligada” para las mujeres, ciertamente se veía mal que entraran a la iglesia sin cubrir su cabeza, lo que no era obligatorio para los hombres.
En Marruecos las mujeres marroquíes lo veían normal, ya que lo exigía la costumbre urbana marroquí en su día a día, ellas sufrían la tradición islámica del recato y la presión social era muy fuerte en estos años. Usaban pañuelo en casa y la capucha de la chilaba en la calle. Las mujeres del campo se tapaban con una manta o una tela la cabeza y el cuerpo.
Mi padre nos llevó en su coche hasta la iglesia. Tras llegar, él caminaba a su lado, serio y orgulloso. Mis hermanos, vestidos con su ropa de los domingos, sostenían una vela y una concha bautismal.
Nos acompañaba mi tío Roque, así como algunos primos originarios del entorno de Cortes y Jimena de la Frontera, que trabajaban con mi padre en los montes, también estaban nuestras amistades y vecinos, las mujeres con mantilla ligera o velos bautismales y algunos guardias civiles y militares conocidos de mi padre, vestidos con elegancia sobria.
Mi tío Alfonso no pudo estar, vendría unos días después, ya que se había ido a San Fernando a pasar las navidades con su mujer, mi tía Juana Jaén.
En aquel entonces, la liturgia del bautismo seguía el ritual romano tradicional (Rituale Romanum) que se seguía desde el año 1614 pero que recogía prácticas que venían de la Antigüedad cristiana. En este rito, todas las fórmulas sacramentales y bendiciones se pronunciaban en la lengua latina obligatoriamente.
El uso del latín fue obligatorio hasta finalizar el Concilio Vaticano II en 1965, donde se sustituyó por las lenguas vernáculas. Para mí, hoy, es inentendible que se mantuviera así en un país donde el número de personas analfabetas era extremadamente grande, ¿por qué lo permitiría si nadie se enteraba de lo que decían?, salvo el cura claro.
Su uso siguió bastantes años para lo que había que pedir permisos. El Papa Francisco restringió su uso en 2021 con cierta lógica, aunque León XIV lo vuelve a permitir de nuevo para algunas celebraciones tradicionales de forma limitada.
He optado por incluir los textos en latín al final del documento, espero no haber cometido muchos errores en su escritura. Para su comprensión, los acompaño con su traducción, lo que me ha ayudado a entender esos rituales ancestrales que se inspiraron en los miedos y temores que provienen del fondo de los siglos, escritos en nuestra memoria colectiva y transmitido durante muchas generaciones. Terrores que muchos hemos erradicado de nuestras vidas pero que en los momentos difíciles suelen volver a aflorar, a veces sustituidos por otros ritos modernos que algunos y algunas creen que si no se hacen impiden seguir una buena senda.
Es un rito que muchos hemos vivido, pero del que ni nos acordamos, creo que con esta «árida» inclusión, se contextualiza mejor esta costumbre de la época.

El párroco, franciscano y conocido de mi madre, nos esperaba en la entrada de la iglesia, nos introdujo en el primer tramo de la nave. En la puerta se quedaron las amistades marroquíes.
Una vez dentro, empezó el ritual preguntándole a mi madre por el nombre que me iban a poner. Ella le contestó que “Francisco Manuel”.
Seguidamente sopló suavemente sobre mi rostro, acto simbólico de la llegada a mí del Espíritu Santo.
Continuaba marcando la señal de la cruz en la frente y el pecho, haría una imposición de manos como gesto de protección y de invocación del Espíritu. Tras lo que colocaba una pizca de sal en mi lengua, diciendo: Accipe salem sapientiae (Recibe la sal de la sabiruría), era un rito de purificación y preservación (parece ser que era una forma de dar sabor a la vida cristiana).
Esta fue la preparación para entrar a la ceremonia fortalecido contra la corrupción del mal y preparado para comprender la fe cuando creciera.
Seguidamente recitó lo que se conocía como “Primer exorcismo” donde decía en latín con voz clara y pausada una oración breve y solemne que resonaba dentro de la iglesia:
“Te exorcizo, espíritu inmundo, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, para que salgas y te apartes de este siervo de Dios, Francisco Manuel.
Aquel que te lo manda es el mismo que, maldito y condenado, caminó con sus pies sobre el mar y extendió su mano derecha a Pedro cuando se hundía.
Por tanto, maldito diablo, reconoce tu sentencia y da honor al Dios vivo y verdadero; da honor a Jesucristo, su Hijo y al Espíritu Santo; y apártate de este siervo de Dios, Francisco Manuel, porque Dios y señor nuestro Jesucristo ha tenido a bien llamarlo a su santa gracia y bendición”.
Mientras hablaba, el sacerdote iba trazando nuevamente en el aire pequeñas cruces con sus dedos sobre mi frente y sobre mi pecho.
Mi madre escuchaba sin inquietud, era parte natural del rito que habían vivido en múltiples ocasiones. Mi padre, estoy seguro de que no prestaba atención a esas palabras, sus pensamientos estaban centrados en los que allí le acompañaban y en la repercusión que esto tendría, se sentía contento de tener otros 2 brazos que le ayudarían en sus esfuerzos futuros.
En la cara de José Miguel se dibujaba una sonrisa, escuchando un idioma para él incomprensible e interpretaba su propia traducción ayudado por algunas palabras ligeramente chocantes: “immunde spiritus”, “fámulo”, “maledicte diabole” u otras curiosidades del discurso, que repetiría a sus amigos entre risas.
Al realizar este pequeño relato, no dejo de sorprenderme con la traducción, que yo desconocía, se creía realmente o se hacía creer que los niños nacíamos con el demonio merodeando dentro de nosotros, y que el bautizo nos liberaba. Ahora entiendo que nuestras madres se obsesionaran con el bautismo, que no hicimos, de nuestros propios hijos e hijas. Mi madre aceptó pronto nuestra decisión, pero mi suegra planeó en distintos momentos bautizarlos a escondidas ella misma en el río Quema, durante la fiesta del Rocío.
Bueno, volviendo al relato, tras estas palabras, normalmente deberían haber sido mis padrinos los que me llevaran en brazos, pero, en este caso, fue mi hermana Mari Camen, con Jose Miguel a su lado, la que me condujo en brazos hacia la pila bautismal. Mi madre se sentó detrás, era lo previsto en estas ceremonias, ya que las madres debían aún recuperarse del enorme esfuerzo realizado.
La “Imposición de manos”: el sacerdote colocó su mano sobre mi cabeza y siguió su oración:
«Oremos.
Dios omnipotente y eterno, Padre de nuestro Señor Jesucristo, dígnate mirar a este tu siervo, a quien te has dignado llamar a los primeros pasos de la fe. Expulsa de él toda ceguera del corazón; rompe todos los lazos de Satanás con los que había estado atado. Ábrele, Señor, la puerta de tu piedad, para que, impregnado del sello de tu sabiduría y renunciando a todo deseo de corrupción, llegue a ser para ti un grato olor de suavidad, y, sirviendo fielmente en tu santa Iglesia, progrese día tras día hacia la vida eterna.”
Yo siento que el corazón de un niño recién nacido está super limpio y no tiene lazos con Satanás y me reafirmo de no haber dejado que estas creencias innecesarias impregnen un acontecimiento tan maravilloso como el nacimiento de mis 3 hijos y 5 nietos.
Un“segundo exorcismo” en latín:
«Per eundem Christum Dominum nostrum.
Te exorcizo, todo espíritu inmundo, en el nombre de Dios Padre omnipotente, y en el nombre de Jesucristo, su Hijo, nuestro Señor y Juez, y por la virtud del Espíritu Santo, para que salgas y te apartes de esta criatura de Dios Francisco Manuel, a quien nuestro Señor se ha dignado llamar a su santo templo, para que llegue a ser templo del Dios vivo y el Espíritu Santo habite en él. Por el mismo Cristo, nuestro Señor”.
Las “Renuncias” y profesión de fe: Las hacían los padrinos en mi nombre en este caso mi madre se levantó y se acercó a mis hermanos.
– ¿Renuncias a Satanás?
– Renuncio.
– ¿Y a todas sus obras?
– Renuncio.
– ¿Y a todas sus pompas (apariencias engañosas, seducciones, esplendores)?
– Renuncio.
Con estas 3 renuncias se buscaba el compromiso de mis padrinos a educarme en la fe. Mi madre se había levantado y para estas renuncias acompañó a mis hermanos que se dejaron llevar y repetirían el renuncio, probablemente sin saber a qué renunciaban. Más tarde se lo explicaría mi madre.
Unción con óleo de los catecúmenos y crisma. El sacerdote trazó una cruz en mi pecho recitando:
“Te unjo (marco) con el óleo (aceite) de la salvación en Cristo Jesús nuestro Señor, para que tengas la vida eterna.”
El aceite de la “salvación” señalaba y simbolizaba la fortaleza, protección y preparación espiritual para acceder a la vida eterna, no solo en el futuro, sino como semilla ya presente.
El olor del aceite, suave y cálido, se esparcía por todo el espacio, mezclado con el del incienso de la iglesia.
Bautismo con agua: Nos acercamos a la pila bautismal, de mármol claro, el sacerdote realiza con cierto cuidado tres derramamientos de agua con la concha sobre mi cabeza, diciendo:
“Francisco Manuel, ego te baptizo in nomine Patris, et Fili, et Spiritus Sancti”.
“Francisco Manuel, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”
Esta era la frase central del sacramento, el momento exacto en que el bautismo se realiza.
Mari Carmen estuvo toda la ceremonia pendiente de que no me resbalara de sus brazos y también de los movimientos del fraile para acompasar los suyos con él, acercándome o alejándome ligeramente según se necesitaba.
La vela encendida: Mi hermano Jose Miguel, con ayuda de mi madre, encendió la vela en el cirio pascual, mientras la sostenía junto a mí. Simbolizaba la luz de Cristo.
Imposición de la vestidura blanca: El sacerdote cogió un pañito blanco con el que me cubrió simbolizando la pureza bautismal, diciendo:
“Recibe esta vestidura blanca …”
Con esto, se acababa este rito y los conjuros que lo acompañaban. Mi familia se acercó, algunos me besaban en la frente, otros me tocaban en mi nueva situación de niño bendecido por Dios.
El párroco me inscribió en el libro 11 de bautismo de esta iglesia, en el folio 339. Con esto, se acababa este rito y los conjuros que lo acompañaban.

Salimos muy despacio de la iglesia, el párroco nos acompañaba y felicitaba a mis padres por esta buena nueva. Mi padre le entregó con disimulo un donativo de 20 pesetas para la parroquia, que había acordado con mi madre y que era la norma para las familias acomodadas.
Esta iglesia de San Antonio se clausuró tras la independencia en 1956, reconstruyéndose en su lugar la mezquita de Sidi Antonio, en el mismo lugar de la calle San Antonio, para uso de la gente del barrio Málaga.


Este hecho de modificación singular del nombre original, sustituyendo la palabra “San” por la de “Sidi”, término que usan normalmente para referirse a los santos locales, familias fundadoras o de gremios, es una enorme muestra de respeto a los vecinos, al barrio y al pasado preexistente y un ejemplo de mestizaje lingüístico de ambas culturas.
A la salida, los vecinos marroquíes del barrio que habían acudido se aproximaron a felicitarnos.
Luego, mi madre se acercó a mi hermana Mari Carmen para recibirme entre sus brazos y liberarla del peso, ya llevaba demasiado tiempo conmigo a cuestas.
Sodía, la muchacha que ayudaba en casa a mi madre y que esos días se ocupó de mí, se acercó y a la vez que le daba un tímido abrazo, le dijo el consabido: “Mabrouk” con esa mezcla de respeto y alegría tan propia de Tetuán, mi madre le respondió con el mismo respeto.
Me cogió en brazos y me puso en el carrito que tenía preparado y todos empezaron a caminar hacia mi casa, había empezado a oscurecer y apareció una brisa fresca, pero fuimos paseando con cierto júbilo.
Mi madre estaba cansada y nos retiramos con cortesía, con alguna de sus vecinas.

Mi padre había acordado una pequeña celebración en un café cercano, allí se llevó a Jose, Mari y al resto de la familia, también se apuntaron algunos amigos.
Consistió en: café (costaba en torno a 1 peseta), anís o coñac, y algunos dulces: roscos, tortas, bizcochos, …
Conversaron un buen rato vecinos y familiares, no fue una merienda ostentosa, pero sí muy sentida.
Unos días después, mi padre fue al registro civil de Tetuán, donde se me inscribió.

Son tiempos olvidados en mi mente, supongo que llenos de mucho cariño y felicidad, ya que yo fui fruto de un proceso de reencuentro entre mis padres, donde acordaron nuevos principios para sustentar su relación para el resto de sus vidas.
Los años anteriores a mi nacimiento, aunque con crecimiento económico en la empresa de mi padre, debieron ser un periodo de tiempo de mucho sufrimiento para mi madre, siempre entre la enfermedad crónica que padecía y el sinvivir de una relación difícil y llena de buenos y malos momentos.
Mi nacimiento les permitió reconstruir su relación, lo que me benefició, ya que revitalizaron su cariño en torno a mí y posteriormente en mis nuevos hermanos.
En el Santoral cristiano ese día 26 se celebra a los santos Esteban, Adelardo, Constantino, Dionisio, Marino y Zósimo, y las santas Abundancia y Cristina.
Influido por mi madre, de estos personajes me decante por San Esteban, considerado el primer mártir del cristianismo y que murió apedreado por un grupo de miembros del Sanedrín después de ser acusado de blasfemia.
Yo no acabo de entender que los seres humanos creyentes propongan, por el uso inadecuado de las palabras, la muerte violenta de criaturas que según su propia religión su “Dios” ha creado. Me recuerdan a alguna persona que actualmente propone la paz haciendo la guerra, ambas cosas me parecen las auténticas blasfemias. Yo no creo en el cielo, pero si existe me parece que esas personas no van a llegar allí.
Al nacer en ese día, se nos considera del signo de capricornio y por lo tanto se nos considera personas serias, constantes, responsables y muy trabajadoras, con un punto de ironía y un humor seco característico.
Y para los nacidos en ese año, en China consideran que nuestro símbolo es el caballo de Madera, lo que según ellos nos da un carácter concreto que suelen describir como personas enérgicas, independientes y muy sociables. Lo asocian al movimiento, la libertad y la vitalidad.
Hace más de 40 años, alguien me hizo y regaló mi carta astral, que aún conservo y entre sus conclusiones señaló que mi planeta es Saturno, mi color el gris oscuro, mi piedra el Onix y mi número el 3, lo que parece ser que indicaba que iba a ser un incurable optimista que buscaría transmitir también a los demás este punto de vista fundamental.
También señalaba que con gran probabilidad inspiraría simpatía y confianza, y que, con el tiempo estaría capacitado para desempeñar papeles de primer plano. Parece que tampoco me costaría trabajo hacer amigos e incluso tener seguidores.
Yo no creo nada en los horóscopos ni en la astrología, pero si he intentado esforzarme durante toda mi vida en desarrollar varias de estas características, no porque lo dijeran los libros escritos, sino porque me interesaban, por lo que en cierta medida considero que las profecías se han medio cumplido, aunque más por mi interés y esfuerzo que por los horóscopos. “TODO ES PONERSE”.
Para nosotros, los que seguimos el calendario gregoriano, yo nací un 26 de diciembre de 1954.
- Pero para los musulmanes era un 29 de Rab’al-thani de 1374 a partir de Hijri (la Hégira) (El cuarto mes del calendario lunar).
- Para los bereberes esta fecha se convertía en el 16 Yennayer de 2905.
- En el calendario chino, lunisolar, era el día 2 del mes 11 lunar del 4651.
- Para los hebreos era el 1 de Tevet del 5715 (Séptimo día de Janucá).
- En el calendario Saka oficial de India, fue un 5 de Pausha del año 1876.
- Y para los armenios sería el día 10 del mes Dzor (mes 10) de 1403.
Como todos sabemos, todo es de una u otra forma dependiendo de los ojos y la cultura con los que lo miremos.
Lo importante es que esos días llenaron de alegría a mi familia y se generaron lazos muy fuertes que me han ayudado durante toda mi vida.

CEREMONIAL EN LATÍN
“Primer exorcismo”:
“Exorcizo te, immunde spiritus, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, ut exeas et recedas ab hoc famulo Dei Francisco Manuel.
Ipse tibi imperat, maledicte damnate, qui pedibus super mare ambulavit, et Petro mergenti dexteram porrexit.
Ergo, maledicte diabole, recognosce sententiam tuam et da honorem Deo vivo et vero, da honorem Iesu Christo Filio eius et Spiritui Sancto, et recede ab hoc famulo Dei Francisco Manuel, quia istum sibi Deus et Dominus noster Iesus Christus ad suam sanctam gratiam et benedictionem vocare dignatus est”.
La “Imposición de manos”:
«Oremus.
Omnipotens sempiterne Deus, Pater Domini nostri Iesu Christi, respice dignare super hunc famulum (hanc famulam) tuum, quem ad rudimenta fidei vocare dignatus es; omnem caecitatem cordis ab eo (ea) expelle; disrumpe omnes laqueos Satanae, quibus fuerat colligatus (colligata); aperi ei, Domine, ianuam pietatis tuae, ut signo sapientiae tuae imbutus (imbuta), omni cupiditate foetoris abrenuntians, iucundus tibi fiat odor suavitatis, et in sancta Ecclesia tua fideliter serviens, proficit de die in diem ad vitam aeternam..
El “segundo exorcismo” en latín:
«Per eundem Christum Dominum nostrum.
Exorcizo te, omnis spiritus immunde, in nomine Dei + Patris omnipotentis, et in nomine Iesu Christi + Filii eius Domini et Iudicis nostri, et in virtute Spiritus + Sancti, ut exeas et recedas ab hoc plasmate Dei N., quod Dominus noster ad templum suum sanctum vocare dignatus est, ut fiat templum Dei vivi, et Spiritus Sanctus habitet in eo«.
Las “Renuncias” y profesión de fe:
- Abrenuntias Satanae?
- Abrenuntio.
- Et omnibus operibus eius?
- Abrenuntio.
- Et omnibus pompis eius?
- Abrenuntio.
Unción con óleo de los catecúmenos y crisma:
“Ego te linio oleo salutis in Christo Iesu Domino nostro, ut habeas vitam aeternam”.
Bautismo con agua:
“Francisco Manuel, ego te baptizo in nomine Patris, et Fili, et Spiritus Sancti”.
Imposición de la vestidura blanca:
“Accipe vestem candidam …”.


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