Pasoslargos

Caminando y descubriendo nuestro pasado tirando de hilos llenos de colores


¡Desembarcando en África!

  • “Cuando lo tienes todo y las dificultades, miedos y dudas aparecen, unos se quedan inmóviles esperando que las cosas mejoren, otros intentan resolver sus dificultades con lo que tienen a mano, solo algunos emprenden el camino hacia lo que conciben como un nuevo futuro, dispuestos a aprovechar las oportunidades a su alcance”.

En Melilla, durante el Protectorado Español de Marruecos

A nuestro padre le concedieron el traslado a Zeluán, en el norte de África, en el entorno de la ciudad de Melilla.

Tenía que haber llegado al cuartel de la Guardia Civil de Melilla el 8 de julio de 1946, pero pidió y le concedieron un aplazamiento en su incorporación por el nacimiento de Manolita en El Pardo, hija de su cuñada Luisa, que nació el 7 de julio.

Salió de Madrid en el tren hacia Málaga el 5 de agosto, allí embarcaría en el “Melillero” para llegar a su destino.

Nuestra madre se quedó en Madrid un poco más de tiempo, para ayudar a su hermana y también a su madre en el estanco.

En la foto, en los soportales de la plaza con Mari Carmen, José Miguel y otros familiares y conocidas.

Fue un viaje largo e interminable hacia una nueva vida; en su cabeza daban vueltas las ideas, mantenía aún dudas si no estaba equivocándose, había dejado atrás una ciudad, Madrid, llena de hambre y miseria, pero que crecía sin parar, allí podría haberle ido bien, pero tenía mucha fe en encontrar nuevas oportunidades que hicieran crecer sus ganancia, le habían hablado de que en Venezuela, a algunos conocidos que se habían les iba bien, pero para ello necesitaba un pasaporte y un primer capital para luego invertir, ya había ido reservando algunas de sus ganancias con la piel, y los había depositado en un banco, pero aún no era suficiente. Podría haber utilizado el Banco de España, que tenía sucursales en Ceuta y Melilla, o el Banco de Bilbao, que además tenía sucursales en Tetuán.

Tuvo tiempo también de repensarse cómo podría ir encaminando sus pasos para cumplir su objetivo “americano”, tenía que conseguir llegar a Tetuán, tendría una oportunidad si, como le dijo Sor Ana María Muñoz Seca, conseguía verse con el Alto Comisionado Varela, para el que llevó un recado y un regalo de la monja. Debía tener paciencia y estar atento a sus movimientos de Tetuán a Melilla.

Y no pudo evitar darle vueltas al error que alguien tuvo enviándole a Zeluán en lugar de Tetuán, que era lo que él pidió, no lo entendía, ni lo entendería durante toda su vida. Alguien le había hecho una jugarreta, le habían dificultado su plan, pero estaba convencido que su carta guardada le funcionaría y le haría llegar a su destino.

Al acercarse el barco a las costas de Melilla no pudo evitar emocionarse, tanto por la familia que dejó atrás, como por llegar a África, un espacio de tránsito que desconocía y donde no sabía qué le iba a ofrecer la vida.

Se presentó en el cuartel de la Guardia Civil, donde entregó los papeles del traslado. Le comunicaron que su transporte a Zeluán se había retrasado unos días y que mientras tanto se quedaría allí unos días haciendo servicios de vigilancia.

Aunque Zeluán estaba a solo 27 kilómetros de Melilla, se tardaba casi una hora en llegar con vehículo, él no tenía muchas ganas de ir allí, era un sitio de mal recuerdo, ya que, en 1921, tras el Desastre de Annual, su defensa se convirtió en un verdadero infierno para los soldados españoles que allí lucharon, una de las historias más impactantes y negras del pasado de nuestro ejército.

Además, era la localidad donde el dictador Francisco Franco, tras iniciar la guerra, había establecido en su Alcazaba el primer campo de concentración de los sublevados. Centenares de melillenses y personas de otras poblaciones del sector oriental del Protectorado español fueron encarceladas y represaliadas allí debido a su militancia de izquierdas o por su oposición a la sublevación militar. Además, dudaba de que allí encontrara nuevas oportunidades. No era el sitio donde deseaba establecerse.

La Guardia Civil estaba presente en Melilla desde finales del siglo XIX. El Cuartel de la ciudad se encontraba en la calle Héroes de Alcántara, 5. En esos meses, estaban modificando sus instalaciones para albergar un escuadrón de caballería de la Guardia Civil. Además de este cuartel, la Guardia Civil operaba con otras unidades: Nador, Zeluan, Uixan, Dar Driuch y Monte Arruit.

Estas obras le obligaron a alquilar una habitación para los días que tenía que esperar, que encontró rápidamente y que no tenía ni luz; en el piso, podía compartir la cocina y el aseo.

Al día siguiente, cuando ya se había instalado, le mandaron a los almacenes del Puerto con otros compañeros, presentándose al Brigada que lo llevaba.

El primer servicio lo hizo en la puerta principal de la aduana del muelle, donde le preguntó al otro guardia: “oye, aquí que misión hay”, el otro le dijo: “llevarse bien con los 2 carabineros aquellos”. Se acercaron y se pusieron a la sombra con ellos.

A las 3 se fueron el brigada, el cabo de la oficina y el oficinista. Observó como algunas personas, hombres y mujeres llegaban con espuertas pequeñas y se colaban en los almacenes donde ellos mantenían la vigilancia, sus compañeros ni se movían, el empezó a moverse nervioso, no sabía qué hacer en esas circunstancias, pero el compañero le cogió del brazo y le dijo que los dejara pasar.

Hacían cortes en las costuras de los sacos de legumbres, almendras y otros productos y se llevaban un poquito de todo; ¿qué hacemos?, preguntó; sus compañeros le dijeron que cerrara los ojos, que eran gentes que lo estaban pasando muy mal.

Poco antes de las 5, que era la hora en que volvía el Brigada, empezaron a salir todos, uno, antes de irse se le acercó, le quería dar de parte de todos y todas 2 duros y él le preguntó si quería sobornarle y que le iba a detener. El carabinero que estaba a su lado le dijo: “es un amigo, le vas a buscar la ruina,…”, y él, sin comprenderlo bien, le dejó ir.

Al día siguiente entró a las 10 de la noche, la nave estaba llena de nuevos cargamentos que habían entrado a lo largo del día. La gente cortaba los sacos y se llevaban de todo.

A las 8 de la mañana, pasaron junto a él unas monjitas con 3 mujeres con bolsas llenas de garbanzos que habían sacado de sus sacos, él les dice que el día que él esté no vayan ellas, porque las detendría.

Ellas, sin hacerle caso, volvieron al día siguiente, quiso detenerlas, pero los compañeros le convencieron para que no lo hiciera y él las dejó marchar.

Esta situación le incomodaba, el reglamento, que se lo sabía muy bien, no permitía estas cosas, y se lo dijo a sus compañeros; uno de sus compañeros habló con el brigada, que le llamó y le dijo que le iba a arrestar, él le enseñó el reglamento y le dijo que si lo que allí estaba escrito valía o lo tenía que tirar. Le dejaron allí en la oficina esperando.

Cuando el brigada fue a desayunar, le dijo que le acompañara, que le dijo que era joven y estaba preparado, pero que allí no pasaba nada, que cerrara los ojos y que sus jefes lo sabían. Le fue convenciendo de que fuera generoso, que había demasiada gente que no tenía ni para comer, le dijo también que su conocimiento del reglamente les venía muy bien y de que iba a solicitar que se quedara en Melilla.

Nunca se llegó a marchar a Zeluán, lo dejaron allí cubriendo necesidades en el Servicio de Vigilancia en el Puerto.

En su vida en esta ciudad descubrió en los 2 meses que estuvo sin nuestra madre, una vida culturalmente diferente y variada, que le ofrecía nuevas oportunidades. Empezó a entrar en contacto con el idioma nativo, pero nunca tuvo interés en utilizarlo y aprenderlo.

Su brigada y sus compañeros le insistían que era muy necesario, para entender qué pasaba en distintas situaciones y para que entendieran los que no hablaban apenas español. A él le costaba, y jamás adquirió los conocimientos necesarios para relacionarse con ese idioma.

A primeros de septiembre vio que estaban reforzando los servicios de vigilancia en la ciudad, durante los días de la Feria, en torno al día 9, que era la festividad de la Virgen de la Vitoria. Le informaron que José Enrique Varela, el Alto Comisario de España en Marruecos, iba a estar en la ciudad durante esos días.

Siguiendo las indicaciones de Sor Ana María Muñoz Seca (Su Ángel de la guarda, como él decía), hizo por verle y fue a su residencia. No le quisieron dejar entrar, pero ante su insistencia, el teniente coronel Rivera salió a recibirle. Él le entregó la Milagrosa que le había dado la monja para que se lo entregara a Varela, él le hizo esperar y se la llevó a su jefe, que le recibió ya que quería que le trasladara el mensaje que le mandaba una persona de gran respeto para él.

Hablaron un buen rato, y le preguntó también sobre su recorrido militar y su destino. Para compensarle, le dijo al teniente coronel que nuestro padre pidiera el destino que quisiera, él dice que no pidió nada, solo mostró su interés por desplazarse a Tetuán.

El 17 de septiembre recibió un telegrama de su cuñada Luisa, para que fuera a Madrid rápidamente ya que: “el niño se ha quemado, está muy grave, ponte en camino”. Él, por un lado, estuvo limitado por los servicios que debía realizar en esos días y por su jefe que no se lo permitió, y por otro, también estaba pendiente de la respuesta al posible traslado a Tetuán, clave para su futuro. El momento no podía ser mas complicado para él.

El 7 de octubre, nuestra madre inició el viaje para Melilla. Se llevó un colchón, un armario, un baúl y maletas que le dio la abuela. Se iba a llevar a sus 2 hijos, pero Mari Carmen, que tenía 3 años, después de estar montada en el tren, se puso a llorar porque no quería irse, quería quedarse con su abuela allí. Al final tuvo que bajarse y se quedó con ella.

El viaje en tren se le hizo interminable. Sin su familia cerca, con su hijo aún grave en brazos y con lágrimas en los ojos en distintos momentos de su viaje, reviviría con desesperación los reveses que le daba la vida.

Sus acompañantes en el viaje, que sintieron que su situación era desesperada, la ayudaron en lo que fue necesitando durante el mismo y le darían consuelo.

En su primer viaje en barco desde Málaga a Melilla, un largo trayecto que se le haría interminable podría ver de lejos la costa de África por primera vez, donde empezaría su nueva vida con nuestro padre. En su cabeza seguía zumbando un pensamiento de incomprensión del porqué ese hombre se ha querido ir a un lugar tan remoto, sin su familia y ahora sin su hija. Y por otro se reforzaba a sí misma, sabía que era una mujer fuerte y que podría con todo.

En el puerto él la esperaba con algunos compañeros, para recogerla y llevar todas las maletas y bultos que había llevado a la habitación que había alquilado.

Ella se había llevado utensilios de cocina, pero los dejó en la habitación. Puso unas cuerdas en las patas de la mesa camilla redonda que se había llevado y allí los colgaba cuando no los utilizaba.

En los días que estuvo allí, se dedicó casi íntegramente a su hijo, recuperándolo poco a poco de las quemaduras que aún tenía, cubriéndoselas con el ungüento que le habían dado y alimentándole cada vez un poquito mejor, incorporando algunos alimentos sólidos. Jose fue reponiéndose y mejorando poco a poco.

Él en sus salidas juntos, ella iba aprendiendo algunas palabras en árabe, los números y algunas pequeñas frases para saludar o preguntar algo.

Un día que fue andando con José Miguel a las naves del puerto a ver a nuestro padre, él le enseñó su interior, y también le dijo que cogiera algunos garbanzos de un saco que quedó algo abierto, ella, a regañadientes, cogió algún puñado y lo echó en su bolso.

A los pocos días de estar allí se fue sintiendo muy mal, había cogido una infección urinaria o genital. Cuidar a su hijo le debió resultar muy duro y complicado.

A las pocas semanas de su conversación con Varela, a nuestro padre le informaron de que lo habían destinado al cuartel de la Guardia Civil de la Alta Comisaría en Tetuán.

La noche antes de salir para Tetuán, lo festejó con una despedida con sus compañeros y al día siguiente, de resaca, se quedó dormido, cuando llegó al cuartel se había ido el autobús, habló con los del camión de la Alta Comisaría para que le llevaran sus muebles, y a los pocos días, el 1 de noviembre, se fueron en autobús, nuestra madre, bastante enferma. Habían pasado 25 días desde la llegada de ella a Melilla y de allí salió bastante enferma.

El viaje con su hijo aún grave en brazos, por esas carreteras de una ruta que serpenteaba por el Rif central y que pasaba por Alhucemas, Ketama y Chaouen, con paradas, viajeros que se bajaban y otros que subían, y llevando la enfermedad sobre sus hombros, se le debió de hacer interminable y bastante duro.

Al final de la tarde, apareció ante sus ojos la ciudad deseada: TETUÁN.



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